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Cuenca heroica

Author: Teodoro Albornoz /

La tizona del Cid se esgrimió no pocas veces en esta tierra heroica.

No ha muerto aquí el ímpetu caballeresco. Alienta aún la nobleza española, la que jamás flaquea ni se rinde cuando en defensa del honor se yergue.

Según lo expresa Alcedo, lo da a entender Velasco y lo confirman escritores del propio suelo, en la época colonial, la espada entre nosotros no era arma sólo para llevarla en el cinto. Las manos estaban prontas a esgrimirla, y la pella que salpicaba una honra se la hacía desaparecer con la punta del acero. Don Quijote también se vino del otro lado de los mares, y aquí se le vio embrazar la adarga, calarse la visera y arremeter, diestro y denodado.

Cuando la lucha fue grande, fueron grandes nuestros héroes, de esos que arrastran tras sí la inmortalidad; por eso, sus nombres destácanse en la historia en forma tal que las generaciones venideras seguirán inclinándose reverentes al anunciado de sus glorias.

De las dos fuentes de que se surte la sangre de nuestra raza nos viene el sedimento heroico que, al menor impulso, surge a flor de sacrificio.

¿Para qué recordar al gran Huayna—Cápac, que en la nativa Tomebamba alzó su mayor palacio, y supo conquistar reinos con la celeridad con que movilizaba sus tropas victoriosas?

En Pichincha muéstrase, sereno, temerario ante el peligro, combatiendo como los héroes legendarios que hallaban nuevas maneras de asombrar a la fama, un gallardo adolescente: Abdón Senén Calderón. Por mandato de Bolívar, por imperativos del amor patriótico que hubimos de consagrarle, Calderón vive en el corazón del pueblo ecuatoriano como dechado que señala los derroteros del deber. En nuestra Iliada de titanes, que dijera Llona de la guerra de emancipación, la figura del Teniente cuencano aparece entre el fragor épico de la lucha, demandando el primer puesto, émulo de los más grandes campeones de la Libertad.

Otra figura tenemos, si discutida no por eso menos grande: nos referimos al General D. José Domingo Lamar, a quién, sobreponiéndose al clamor chauvinista de las masa populares, han sabido hacerle justicia cuatro de los más grandes cerebros con que se honra la República: Olmedo, Rocafuerte, Antonio Borrero Cortázar y Remigio Crespo Toral. Recuérdense los clásicos versos del primero, cuando lo alcanza a divisar en los campos de Ayacucho, apresurando “la tarda rota del protervo bando”; Rocafuerte reconoce en él patriotismo, elevación de sentimientos y la generosidad propia del que sabe ser grande sin esfuerzo y valiente sin ostentación. Lamar es, como lo hace notar D. Antonio Borrero, el único ecuatoriano inmortalizado por el autor del Canto a Junín. De su campaña que remató con la derrota en Tarqui, toca hablar a los historiadores de hoy, ya despojados de los prejuicios del odio y del rencor, y que no se limitarán a repetir los lugares comunes de ayer. Con frases de alto relieve, ha escrito, Crespo Toral: “La campaña de Tarqui significa uno de los primeros movimientos antibolivianos y anticolombianos”. La cuestión territorial aparece secundaria. Lo principal que se adivina, en el fondo del conflicto, es la formación de las nacionalidades que se perseguía entonces. El General Flores, primer presidente del Ecuador, logró lo que no pudo el desgraciado Lamar----Júzguese, pues, con más serenidad acerca de las responsabilidades de 1828 a 1830. Lla balanza de Astrea a de equilibrarse al correr del tiempo, juez inalterable único, y estamos convencidos de que, entonces, destacará con aureola de luz la noble figura del más grande General ecuatoriano.

Debemos tener el culto de nuestros héroes; que en ese culto se engendrarán los nuevos adalides de las nuevas hazañas.

Nos sentimos capaces de lo grande, y es por eso que donde hubo acción noble que ejecutar, derecho que defender, allí estuvo siempre el heroísmo cuencano.


VICTOR M. ALBORNOZ





Cuenca en la Emancipación Americana

Author: Teodoro Albornoz /

ESCRIBE:

VICTOR MANUEL ALBORNOZ

Grave error histórico es suponer que los sucesos de Cuenca en Noviembre de 1820 son simple imitación de los ocurridos en Guayaquil el 9 de Octubre de ese año, que, a su vez tampoco representan un mero afán de secundar acontecimientos similares de otros puntos del continente.

Tanto Guayaquil como Cuenca preparan larga y tinosamente su emancipación, contando para esa labor – además de las necesarias conexiones con los dirigentes principales del resto de América—con elementos propios, bien aleccionados para el empeño, que obran en un medio preparado convenientemente y que sólo aguardan la ocasión más propicia para cumplir con el férvido deseo de adquirir soberanía.

Dentro del proceso natural de las cosas, la mejor oportunidad es aquella en que se cree contar con el apoyo de un lugar que, hallándose relativamente cerca, en un momento dado puede facilitar su ayuda para sostener los principios sustentados tanto por él como por el que demanda su contingente. Esta esperanza la alienta Cuenca entonces; más, por desgracia, se frustra, pues no recibe el auxilio que le urge, antes pierde lastimosamente los escasos recursos económicos que logra reunir y que envía a la vecina provincia en solicitud de armas y pertrechos que no le llegan en tan apuradas circunstancias.

La forma en que se desarrolla lo ocurrido en esta ciudad los días 3, 4 y 5 de Noviembre constituye prueba palmaria de que el movimiento tiene raigambre absolutamente popular, demostrativa de que se había logrado en Cuenca generalizar la opinión de obtener a viva fuerza la libertad.

No ocurre en tan memorable acción más derramamiento de sangre que el del esforzado jefe militar del motín, el Capitán Tomás Ordóñez, siendo arrollados los realistas, más por imperativo de la voluntad de la población, que por el de las armas. Esta lucha, no por incruenta es menos meritoria, pues demuestra que la persuasión y el convencimiento habían preparado tan hábilmente la empresa que ésta vence los obstáculos que se le presentan y alcanza feliz culminación.

Dictado días después, el 15 de Noviembre, el Plan de Gobierno de la flamante República – pues con arrogancia toma para sí tal denominación la comarca independizada-,

Se expone en los Artículos 2° y 3° de esa Ley Fundamental el principio de solidaridad que, habiendo primado desde que se iniciaron los preparativos, es justo mantenerlo al obtener ese ideal: “Cuenca – se lee allí—es y será para siempre una provincia libre e independiente de toda potencia o autoridad extraña, sin que en ningún caso deba ser subyugada por su voluntad. Sin embargo, es y será confederada con las limítrofes y CON TODAS LAS DE AMERICA para los casos y cosas tocantes al sostén mutuo de su independencia y recíprocos derechos” Brilla aquí, como esculpidas en letras diamantinas, la síntesis de la concepción nobilísima que guía a los próceres americanos, inclusive a los nuestros, para trabajar unísonamente a fin de romper coyundas y nivelar derechos, ya con la altitud del vuelo de las ideas, ya con el blandir flamígero de las espadas.









En el devenir histórico de los pueblos, como en el de los individuos, lo que más dignifica es el golpe de la tragedia, cuando éste se asesta como premio único a la virtud en desgracia.

Tras el regocijo efímero del Tres de Noviembre ocurre la deplorable derrota de las tropas cuencanas, si tropas pueden llamarse grupos de reclutas casi desarmados, que comanda y en vano quiere dirigir el Coronel Cisneros en los repechos infaustos de Verdeloma, donde el aguerrido ejército realista, después de causar horrible mortandad, se ceba cobardemente en los que, abrumados por fuerzas superiores, caen heridos o toman la triste senda del fugitivo.

El jefe español –Coronel don Francisco González—encuentra luego, en Enero de 1821, la manera de exaltar hasta la apoteosis del crimen su ferocidad fatídicamente recordada. En la plaza de San Francisco de nuestra ciudad improvisa un patíbulo múltiple y, allí, con saña inaudita, manda fusilar veintiocho cuencanos que caen empapados en su propia sangre, mientras las manos invisibles de la Gloria les pone en la frente agujereada la aureola inmortal de los mártires.

Nadie sabe ni siquiera el nombre de esos patriotas. Junto con la Gloria les vino el Olvido. Verdad es que nunca aspiraron a la inútil recompensa de la fama. En reparación póstuma, a que los pueblos que aman su pasado luminoso están obligados, quizás, un día se levante, en el lugar de su grandioso sacrificio, un monumento a la memoria de esos héroes ignotos, y allí, como la alabanza mejor se grave esta inscripción: Murieron por la Independencia de América.

No es este el último episodio doloroso que por la emancipación, sufre Cuenca, pero él es de tal magnitud que no hay para qué recordar los que acontecen después, hasta que el 21 de Febrero de 1822 queda definitivamente libre la ciudad y la región al presentarse aquí el más esclarecido de los Tenientes de Bolívar, el insigne General Antonio José de Sucre, cuya temida presencia pone en precipitada fuga a las postreras huestes españolas que, al mando de Tolrá, hacen sentir aquí la implacable hostilidad del enemigo.

En las enhiestas cumbres del Pichincha, el 24 de Mayo, uno de los ochocientos cuencanos que allí combate es el adalid epónimo en la victoriosa jornada: Abdón Calderón, quien adquiere el relieve inmarcesible de los símbolos eternos cuando ni el asedio reiterado de la muerte consigue amenguar su denuedo al sostener la enseña sacrosanta de la Patria que nace.

A través de los veintisiete años en que se desarrolla, desde que en 1795 surgen los primeros conatos hasta su feliz desenlace, la independencia de Cuenca muestra las características propias de un movimiento eminentemente americanista.

El sentimiento libertario enraíza tan profundamente aquí, que, a pesar de la obstinación y medidas crueles y vejatorias que para impedirlo toman las autoridades españolas, se acrece incesantemente, con noble empecinamiento, sirviéndole de acicate cada nueva penalidad, cada nuevo sacrificio.

Ninguna región del Ecuador proporciona su contingente para la lucha emancipadora con mayor largueza que Cuenca. Esto lo afirma el más autorizado para saberlo, pues es quien más de cerca aprecia tanto desprendimiento: “Dio de sí – dice Sucre—todo lo que podía dar”. Pocas veces la justicia ha podido tener para un pueblo palabras tan enaltecedoras

Cuenca agota sus trojes, sus dehesas quedan vacías, los arcones de los ricos vacían sus caudales, las mujeres ofrecen sus joyas, los artesanos acuden a las maestranzas bélicas, los intelectuales caldean al rojo sus plumas o sueltan la palabra imperiosa de la palabra convincente. Y todos dan, sin ostentoso alarde, con la naturalidad del que sostiene sus últimas ideas, todo aquello de que son dueños o de que se sienten capaces, desde el pan para las tropas hambreadas hasta la inmolación en los campos de batalla.



Este proceder rayano en la sublimidad, porque sólo dentro de límites tan supremos se concibe conducta igual, es prueba indubitable de que Cuenca se incorpora al movimiento libertario con toda espontaneidad y decisión, porque sus hijos están compenetrados con el pensamiento de que ello es necesario para que América salga de la ominosa condición del yugo.

Saben entonces los cuencanos que para lograr propósito tan arduo es preciso aunar todos los esfuerzos, acopiar todos los recursos, unir todas las voluntades, hacer del Continente un solo reducto de resistencia y de ataque a los dominadores. Sólo así se puede esperar el triunfo. Y en cuanto depende de sí, eso es lo que hace Cuenca, en cuyos territorios se realizan cruentos batallares, sufriendo el despojo y el secuestro, el robo y el asesinato. Mas nada importa esto, si así contribuye para alcanzar su ambición de verse libre al igual que los demás pueblos de su hermandad espiritual.

Y no hay cuencano que hoy no se sienta satisfecho y orgulloso de que la lucha emancipadora haya tenido aquí tan duras pruebas y tan honda repercusión, porque goza sabiendo que la campaña del Pichincha, que da la independencia al Ecuador, la organiza Sucre en Cuenca, así como la liberación final del Continente la prepara Bolívar en Cuenca, en su retiro de Chaguarchimbana, junto a las ninfas rumorosas del Yanuncay, donde medita sus planes para concluir en el Perú su gigantesca empresa de la libertad de América.





Víctor Manuel Albornoz



Cuenca, 1944


Cuenca en el ayer y en el presente

Author: Teodoro Albornoz /

Aureoló siempre a Cuenca el prestigio bien fundado de ser ciudad doctoral y universitaria, en el honroso sentido de sede intelectual.

Si al Coloniaje nos referimos, le dan merecida prez: sutiles teólogos, como Narváez y los Abad de Cepeda; oradores de singular elocuencia, como Francisco Patiño; militares de relevantes dotes, como el General Ignacio de Escandón; poetas y escritores, como Nicolás Crespo, Luis Andrade, Pedro Berroeta.

Después, constituidos ya en nación, nuestra República de las Letras, al hacerse rica y próspera, consolidad su renombre, contribuyendo a ello personajes de indiscutible valía: polígrafos de la talla de Fray Vicente Solano, Luis Cordero y Remigio Crespo Toral; periodistas de pluma fúlgida, como Federico Proaño, Víctor León Vivar; Manuel J. Calle y Nicanor Aguilar; publicistas de impoluto y acendrado civismo, como Benigno Malo, Pío Bravo, Mariano Cueva, Antonio Borrero Cortázar, José Rafael Arízaga, los Rodríguez Parra y Gonzalo S. Córdova; educadores de vastos conocimientos, como Tomás Rendón, Cornelio Crespo Toral, Francisco de Paula Correa, y Miguel Febres Cordero; tribunos de victoriosa elocuencia: como Juan Bautista Vázquez, Emilio Arévalo, Julio Matovelle, Rafael María Arízaga, y Luis Cordero Dávila; eruditos de admirable penetración; como Octavio Cordero Palacios, Honorato Vázquez, Jesús Arriaga, y Alberto Muñoz Vernaza; poetas de lira armoniosa, como Miguel Moreno, Gonzalo Cordero Dávila, Aurelia de Romero León, Alfonso Moreno Mora y tantos otros.

Pero Cuenca no solo fue mansión para adoratorio de deidades líricas y deleitoso solaz de los que hallan refugio espiritual en las embrujadas cárceles del libro. El arte floreció en todos sus aspectos; y también músicos y pintores, orfebres y escultores forman una legión que es legítimo orgullo de la Casa azuaya: desde Nivicela, en que la raza indígena gime en el ritornelo adolorido del yaraví, hasta José María Rodríguez y Amadeo Pauta, donde la nota criolla repercute siempre con emocionante vibración sentimental; desde el casi legendario Gaspar de Sangurima, asombroso por lo múltiple de sus aptitudes, hasta José Miguel Vélez, en cuyo mago cincel se juntan la fuerza y la gracia para tallar el mármol o el nogal a fin de darle vida perdurable.

Tal como el cuencano es sensible medularmente a todo el dulce influjo de la belleza, lleva igual anhelo de primacía a las mas nobles manifestaciones del patriotismo, en cuyas gestas de gloria asoma en magnífica apostura heroica: ya es La Mar en Junín o Abdón Calderón en Pichincha, ya Alejandro Vargas Machuca interviniendo en “El Quiteño Libre” o Antonio Vega Muñoz arrastrando tras de sí a las muchedumbres que lo proclaman por caudillo.

Nuestra ingénita pujanza se muestra también en el batallar cotidiano, que se traduce en bien para la Patria y en holgura para el hogar. Sin que tampoco falten los apóstoles; pues si a lo lejos vemos erguirse a Don Benigno Malo implantando la mejora inapreciable de espléndidos telares, así mismo creemos ver todavía, agrandada por el recuerdo, la figura de Don Roberto Crespo Toral dando una clarinada de mejoramiento al instalar la primera máquina eléctrica.

En los actuales momentos, Cuenca mantiene con gallardía el viejo predominio conquistado en los campos de la celebridad. Valores indiscutibles en diversas actividades intelectuales han tomado sobre sí la difícil tarea de acrecentar la nombradía recibida en herencia. Y una brillante juventud, estudiosa y disciplinada, está ya demostrando que muy pronto habrá de ornarse con los laureles del triunfo.

Pero Cuenca no es únicamente la ciudad soñadora y romántica que algunos imaginan. Es también la ciudad trabajadora por excelencia, donde las industrias modernas encuentran amplia cabida, secundadas en todo por circunstancias favorables, tales como su hidrografía, la naturaleza del terreno, la riqueza del subsuelo, etcétera.

Tal vez como en ninguna parte del Ecuador, esta región constituye una gran usina humana: aquí, hombres y mujeres, adolescentes y niños saben de la fatiga que vence a la miseria, ya que puede decirse que no hay una sola mano que no esté encalleciéndose en la labor diaria, que no solo reside en el taller, sino que se prolonga hasta el hogar. El sombrero de paja toquilla es el arma humilde, pero santa, con que se vence el dolor de todos los días, para que haya lumbre en el fogón y alegría en los corazones.

Así hemos vivido, así seguimos viviendo, honrada y afanosamente, al yantar de nuestro propio esfuerzo, al beber de nuestro propio sudor.

Encerrados hasta ayer en un lugar casi paradisíaco, pero al mismo tiempo casi inaccesible para los extraños, por lo largo y fragoso de los caminos cortado en lo alto de las cumbres y al borde de las cimas con que los Andes nos resguardan, permanecíamos desconocidos hasta por los comprovincianos del Litoral y del resto de la Sierra. Sin que se sepa bien lo que somos, sin que se conozca lo que podemos.

Mas, hoy, Cuenca, hospitalaria siempre, muestra franca la entrada y sin obstáculos para llegar a ella. Sentimos ya los hálitos de todos los horizontes, nos hemos unido al resto del mundo, queremos que por las arterias de la carretera y el ferrocarril, así como por la pista azul de los espacios en que señorea el avión, nos llegue en borbotón la sangra vivificadora del progreso, tanto mas deseado a medida que sentimos su impulso transformador.

Deseamos conocer a los otros y que se nos conozca a nosotros. Porque Cuenca y el Azuay todo brindan ancho campo para el interés del viajero. El científico puede hallar aquí campos inexplorados para la investigación, así como ruinas y entierros prehistóricos de valor innegable; el intelectual, centros de cultura, propicio al estudio y a los afanes del erudito; todos cuantos busquen empresas que acometer encontrarán mina de oro, plata, hierro, hidrocarburos, mármoles, etcétera, y tantos negocios que aún requieren desarrollo, y tantas industrias que todavía falta implantar, y tantas maneras de dar colocación productiva a los capitales. Y, a esto, hay que añadir las excelencias del clima y las hermosuras del paisaje circundante.

Cuenca –la ciudad que estudia y piensa, la ciudad que suda y trabaja—es también la ciudad de corazón bueno y alma cariñosa, que franquea las puertas de par en par para toda noble iniciativa, para todo anhelo honrado, para todo esfuerzo en bien de la Patria y de la Humanidad.


VICTOR MANUEL ALBORNOZ.



Cuenca, ciudad hermosa

Author: Teodoro Albornoz /


Entre temerosas y amantes, las montañas que le forman círculo dan ancho lugar para que Cuenca se convierta en verdadero sitio de delicias. Tierra fértil la suya, perennemente se cubre de lozanía contribuyendo a ello el agua derramada de cuatro ríos, que hacen pensar en cuatro perlas de rocío resbalando al corazón de una flor. A las ventajas derivadas del clima delicioso, se unen las que le prestan la belleza del suelo.

Hacía Tarqui, en extensa pradería retoza el ganado. Es el Machachi de la provincia, ha dicho un escritor, y, en efecto solo presta admirablemente para la industria ganadera.

Del otro lado por la colina de Cullca, por el tejar, por Milchichig, por Machángara los maizales son tentación de tordos y gorriones. Bajo el sol de Julio se hace la cosecha, se amontona la mies en parva y, en lo mas alto, se forma de dos ramas una cruz: así dicen, Dios protegerá la riqueza del labriego.

Seto de la heredad, el maguey afila sus triangulares pencas, que apenas logran detener al asedio del colegial que, venciendo la espinosa barrera, va en pos del capulí que, por Febrero, muestra en sazón su cereza carmesí. Es este el árbol heráldico de nuestras tierras, que no rinde el cetro a ningún otro, ni siquiera el eucalipto que por pampas y collados va extendiendo su imperio.

Maravilla son huertos y jardines. Allá la vista queda absorta por los naranjales en que la novia busca escenario a sus ensueños; aquí, en grupo abigarrado, el membrillero verdea, el chirimoyo muéstrase en flor, el duraznero revienta en frutos; y por doquiera el suelo se alfombre de la berza en repollo, de la calabacera que se arrastra, de la zanahoria que ruborizada se oculta en tierra. Junto a las espadañas empenechadas airosamente, el GIGANTON muestra la AGUACOLLA solitaria, blanca y perfumada magnolia orgullo de la campiña. La retama pródiga en oro, ofrenda digna de altar de Noche Buena, apenas si deja espacio al romero cuyo cáliz azulado guarda la miel que las abejas liban. Cerca de la casa, el jazmín argentado, el clavel purpúreo, la arirumba amarilla, la violeta morada, el geranio multicolor, el lirio sin mácula, la rosa aristocrática, el mysootis, la amapola, el alhelí………

Imposible de ponderar los encantos de una región cual

milagro de belleza de sus mujeres.

Las calles uniformes, tiradas a cordel; las plazas, casi en silencio: todo contribuye a formar un ambiente cariñoso, por así decirlo, que hace pensar el algo que se acerca a la dicha codiciada. El divino Luis sintiérase lejos del ruido mundanal y su alma se adurmiera en no rompido sueño; Rodembach olvidara a Brujas la Muerta; y Meeterlink hallaría la clave de algún maravilloso poema.

¿Se puede no amar a Cuenca?
Aquí en este repecho de los Andes, la vida corre sin correr, despacio y sin tropiezos, como el agua de algunos de sus ríos cuyo curso dificultase averiguar por lo tranquilo y manso. Los montes son murallas que resguardan las costumbres patriarcales y el acervo de virtudes, timbre y prez de honrados ascendientes. Somos sanos y robustos, con vigor de campesinos nutridos de leche rebosante y de pan de trigo.

Se ama a la Patria por sus mas hondas raíces. A mas de se significación simbólica hallamos en ella el concepto primitivo: la patria es el hogar, el hogar es la familia. Qué cuadro!; aquí la abuela temblorosa espera con frugal comida acemita fresca, corderuelo asado; allí, la esposa sin descuidar de sus labores, con los rollizos hijos en brazos; allá, el padre sudoroso el rostro, el ánimo en tensión, en la noble epopeya del trabajo. Al venir de la noche, la quietud de los valles llega hasta la casa o la cabaña, las voces con que se cunea al recién nacido son de querella y suavidad y como todos se acuestan temprano, las luces se apagan presto. Es así como está realizado, de tiempo atrás lo que André pedía para el salvajismo cultural de Europa: la unión de estos elementos: puericultura, viricultura y agricultura; que a la verdad gustamos de vivir en el cortijo, no somos reacios en padrear y sabemos mantener los hijos con el sustento arrancado a Natura pródiga.

Tal vida resulta un canto de amor: amor a Dios, a la Patria y al hogar; pero toda en ambiente censillo, como de cosa natural. El creyente golpéase el pecho en la oscuridad; el patriota muere en cualquier ya olvidada lucha tras realizar proezas dignas de sonoro elogio; el jefe de familia descuaja montes o seca pantanos: todos no hacen sino cumplir con su deber, palabra que aquí se traduce por fe y abnegación.


VICTOR MANUEL ALBORNOZ


CRONICAS ANTIGUAS, tomadas de una hoja inédita.

Author: Teodoro Albornoz /

“Acontecimientos funestos en el pueblo de Girón.”

“En cinco de Setiembre del año del año de 1893, día martes a las cinco y tres cuartos de la tarde, hubo un temblor de tierra, o mas bien un terremoto; que destruyó por completo, la Iglesia, Organo, las imágenes, a excepción del Señor, la Virgen y San Juan, la mayor parte de las casas del pueblo se arruinaron por completo y las que sobraron quedaron inutilizadas, murió solo un maestro Zapatero llamado Martín Torres y algunos averiados, la tristeza y el espanto juntamente se habían esparcido por todas partes, todos dormían al campo, porque de cuando en cuando se repetían los sacudimientos de la tierra, fueron esos días, los mas lúgubres y tristes.

“En veintitrés de Agosto de mil ochocientos noventa y cinco, día viernes a las doce y tres cuartos del día, fue el combate en este pueblo, entre los del Gobierno mandados por el Señor Coronel Antonio Vega y los restauradores cuyo caudillo fue el Señor General Eloy Alfaro, esta tropa estaba comandada por los Señores Coronel Serrano, Ullauri, Valdivieso, Peralta, Madero y Pesantez; la tropa de estos era el número de cuatrocientos y tantos: el Sor Vega con el número de cuatrocientos soldados atacó por Cruz Loma, el Sor. Coronel Alberto Muñoz con mas de trescientos hombres atacó por el punto denominado Cuchipirca; menos un cuarto para las seis de la tarde cesaron los fuegos que fueron muy reñidos, la Artillería de los de la parte de Alfaro, estaba colocada en la loma de la hacienda del Chorro, cuyos cañonazos eran aterrantes, hubieron muchos muertos, heridos y prisioneros de parte del Gobierno, porque el triunfo fue a favor de los restauradores, de modo que, el numero de soldados de parte del Gobierno fueron mas de setecientos, mandados por Vega y Muñoz; y las tropas restauradoras eran como quinientos soldados, después del combate, es decir al segundo día, llegó el Coronel Alfaro, que serían como doscientos soldados, al otro día llegó el Coronel Concha con su tropa que no pasaron de cien hombres y todos marcharon a Cuenca.”

“El día diez y seis de Agosto de 1.896.- Entró en este pueblo de Girón, el Sor. General Eloy Alfaro con tres mil hombres con dirección para Cuenca, permaneció aquí desde el sábado en que llegó, hasta el martes, en que marcharon para Cuenca, en donde entraron triunfantes después de una guerra sangrienta.”


Girón

CORNELIO CRESPO TORAL

Author: Teodoro Albornoz /

El 4 de Febrero de 1855 nace en Cuenca del Ecuador Cornelio Crespo Toral, imponiéndole el sacramento del bautismo su tío carnal el ilustre sacerdote Remigio Esteves de Toral, quien algunos años después llega a ocupar el Obispado de esta Diócesis.

Con sobra de merecimientos, Cornelio Crespo Toral debe figurar en la fecunda y rica capa intelectual de donde brotan, a mediados del siglo anterior, las figuras sobresalientes de los cuatro hermanos Crespo Toral: Roberto, periodista de fácil pluma, cuyo nombre está vinculado a todas las empresas de progreso emprendidas en las ciudad, pues con igual entusiasmo delínea y hace construir nuevas avenidas para recreo estético, como funda instituciones de crédito o instala la primera planta hidro-eléctrica en su tierra natal; Remigio, el insuperado polígrafo que en la amplitud de sus vuelos descubre todos los horizontes, produciendo obras de múltiples géneros, en los cuales campea su originalidad de forma y de concepción; Manuel, poeta y escritor que hubiera caminado lejos en sus aspiraciones literarias, si la muerte no las cortara en hora prematura; y Cornelio, a quien consagro esta justiciera recordación con motivo de que la benemérita Municipalidad cuencana acaba de realizar un acto encomiable de justicia al disponer que sus restos mortales se los traslade a la sección últimamente construida en el cementerio de esta ciudad para honrar a los personajes eximios que por sus cualidades cívicas y morales constituyen honra y prez del Azuay y la Patria toda.

Cornelio Crespo Toral, varón insigne, ha permanecido casi en la penumbra, acaso porque la amó tanto en su vida con una modestia ejemplar que le nacía del fondo de su corazón, en el cual la humildad jesucristina había echado las anclas para retenerle en ese puerto de seguridad de las almas grandes. Tal vez no hay lugar a equívoco al decir que las generaciones actuales lo desconocen o al menos no aprecian en su exacto valer las altas cualidades que lo distinguieron. Tal preterición es completamente injusta, ya que este preclaro cuencano merece sitial destacado entre los mas dignos de renombre y de loor. Hay, pues, que redescubrirlo, sacarlo de las sombras del olvido y exhibirlo a plena luz de la verdad, para que se vea que este personaje es de los que, en el Ecuador, dan lustre a la Iglesia y a la Nación con los nítidos timbres de sus virtudes y de su saber.

Terminados con lucimiento sus estudios de educación primaria y luego de la secundaria, Cornelio Crespo Toral sigue con notable aprovechamiento los cursos de Jurisprudencia y Teología. Dedícase luego al magisterio, primero en Cuenca y después en la República de Chile, en la que permanece por varios años en tres ocasiones. A su regreso a la Patria, abraza el sacerdocio, en el que descuella por su fructífero apostolado.

Periodista infatigable, lo mismo interviene en las luchas candentes de su época acerca de materias religiosas que en las pacíficas excursiones por los campos de las bellas letras: en “La Luciérnaga”, en “El Correo del Azuay”, en “El Progreso”, en el “Boletín del Santo Cenáculo”, en “El Deber”, en “La Unión Literaria” y en varias otras publicaciones asoman sus estudios eruditos, de estilo claro y preciso que contiene como garfios de oro la excelencia de su doctrina.
Desempeñando las cátedras de Derecho Publico Eclesiástico, de lengua latina y francesa, de Elocuencia Sagrada y Teología moral, por largos años ocupa los puestos, primero de Vicerrector y luego de Rector del Colegio Seminario de Cuenca, en el que sus dotes de organizador y su admirable laboriosidad consiguen acrecentar el prestigio bien cimentado de ese establecimiento de enseñanza.

En varias ocasiones asiste al Congreso Nacional como Diputado por la Provincia del Azuay, poniendo entonces en evidencia, como siempre, su probidad y preparación, no menos que el decoro inherente a todos sus actos. Igual proceder le honra en su desempeño como miembro del Consejo de Estado. Su elocuencia se desborda lo mismo en el púlpito sagrado que en la tribuna del Poder Legislativo.

En su condición de miembro prominente del Clero ecuatoriano se le confieren altas distinciones: Canónigo Honorario de la Catedral de Cuenca, Canónigo Doctoral de la Metropolitana, Vicario del Arzobispo de Quito. El Obispo de la Serena, en Chile, le insta a que tome la dirección del Seminario Conciliar de aquella ciudad. El Arzobispo de Buenos Aires lo nombra su consultor.

Reacio a los honores, siéntese abrumado por ellos; pero su modestia no puede resistir mas cuando el Delegado de la Santa Sede Apostólica en el Ecuador, Monseñor José Macchi, le propone en nombre del Sumo Pontífice que acepte ser Obispo auxiliar de Cuenca: herida entonces su humildad en lo mas sensible, estalla entonces en sollozos y se niega categóricamente a aceptar tal dignidad.

Su corazón manso y piadoso desbórdase incontenible por los senderos de la caridad, de la verdadera caridad que cura las heridas del cuerpo y del alma, que socorre al desvalido y lo alienta, mas que con el pan de trigo, con la dádiva generosa del consuelo, del consejo, de la íntima confortación espiritual. Llega a los hogares como una bendición, se alza en la cátedra como el fanal que horada la oscuridad y la siembre de luz; se anonada en los altares como el grano del incienso que el pebetero de la adoración se deshace en aromas para elevarse al cielo.

Lo que da especial relieve a la personalidad de Cornelio Crespo Toral son sus inexorables dotes de eximio educador y magnífico conductor de juventudes. Desde bien temprano demuestra su predisposición a las sacrificadas tareas del auténtico magisterio, pues las inicia cuando apenas cuenta veinte años de edad. Con la suavidad de sus modales inspira simpatía a sus discípulos; con el conocimiento y hondura en los métodos que aplica y con el dominio de las materias que dicta, consigue formar una pléyade de ingenios que pronto sobresale en la República.

Pero no solo la cátedra le sirve para amaestrar. Recurre a un medio de difusión mas amplio, de mayor perdurabilidad. Y consecuente con los ideales que siempre preconiza orietándolos con nobles ideas hacia el proceder rectilíneo en el pensamiento y en la acción del individuo, escribe numerosos opúsculos de diversa índole. Su esfuerzo final lo destaca el valioso libro en que resume la ambición de su vida, no otra que el título que lleva la obra que publica con el título de LA EDUCACIÓN CRISTIANA DE LA JUVENTUD. Dos ediciones se hacen: LA PRIMERA EN Chile y la segunda en Alemania. Ambas alcanzan merecida resonancia en la época de su aparición, la que no hay duda que se mantiene hasta ahora por los problemas que estudia, por las soluciones que plantea y, en una palabra, por las normas que señala para la cabal formación de juventudes sanas y bien preparadas para la rectitud en la vida.

Cornelio Crespo Toral confunde en uno solo el heroísmo del magisterio y el heroísmo del altar, pues bien sabe que en ellos lo que debe predominar siempre es la rectitud en el propósito y en el hecho, porque solo así se encuentran los caminos adecuados para quien quiere servir a Dios y a la humanidad, como él –Cornelio Crespo Toral—dio ejemplo de servirlos con celo y abnegación.

Tal fue el recorrido que en la tierra hizo Cornelio Crespo Toral. Así transcurrieron sus días, hasta que en la mañana del 8 de Setiembre de 1904 recibió el ósculo de la muerte y se le otorgó la perenne aurora a su espíritu. Que a la parte perecedera se le de ahora respetuosa acogida en el panteón de los hombres ilustres, ya que es justo que el Ecuador lo honre y que Cuenca mantenga siempre vivos los resplandores de su recuerdo bienhechor .


VICTOR MANUEL ALBORNOZ

Cuenca, Agosto 15 de 1973.

Conferencia dada a las alumnas del Tercer Curso del Colegio “Manuela Garaicoa de Calderón” el día Miércoles 28 de Mayo de 1969.-

Author: Teodoro Albornoz /

Señorita Rectora,
Señores Profesores
Señoritas alumnas


Comprender a otra persona equivale a tender entre ellas un puente invisible de atracción que las acerca, que muchas veces las identifica en un propósito y que, en todo caso, sírveles para acortar la distancia que hay en el mundo de las ideas germinadas en sus cerebros o de los sentimientos despertados en las reconditeces de cada corazón.

Llegar a entenderse, conseguir que los propósitos y las acciones coincidan en una sola meta, equivale a unificar las almas, a elevarlas a una región superior en que se ciernen en espacio sin nubes, bajo un sol de majestuosa serenidad.

Comprensión es palabra sinónima de acercamiento espiritual, de comunión de almas –sin la que nada es valedero ni perdurable- pues es lo único que honra y engrandece, así a las personas como a los pueblos que buscan su superación.

De un caso de estos quiero hablaros, distinguidas alumnas de este prestigioso plantel, porque trato de presentar sencillamente una lección, mejor dicho un repaso de lección, porque estoy seguro que lo que voy a decir lo sabéis de antemano vosotras; pero en una aula de colegio conviene repetir lo ya sabido, a fin de que se grave más profundamente en las mentes juveniles, que son las que pronto habrán de señalar los derroteros por los que la sociedad conduzca el bienestar de la Patria.

Es el caso de una familia ecuatoriana, de una familia ecuatoriana por excelencia no obstante que quien la forma aquí es un extranjero en lo geográfico, si bien en lo espiritual hay que considerarlo, con justicia, como una gloria del Ecuador: se trata de don Francisco García Calderón, nativo de Pinar del Río, ciudad de la esplendorosa isla de Cuba, de la que, después de servicios militares durante diez años, cuando cuenta veintiséis de edad se traslada a la Audiencia de Quito y fija su residencia primeramente en Guayaquil. Allí, en la hermosa tierra de los palmares, el año de 1800 contrae matrimonio con una de las damas más notables de ese puerto: con Doña Manuel Garaicoa y Llaguno, hija del español don Francisco Ventura de Garaycoa y de la guayaquileña doña María Eufemia de Llaguno y Larrea. El amor los une, porque el amor tiene por patria todas las patrias, por camino todos los caminos, siempre que ellos converjan en el jardín prometido a su fe, a la expansión de sus ensueños, al florecimiento de sus esperanzas, a la culminación de su ideal.

Después del advenimiento de su primogénita, María de las Mercedes, habiendo recibido don Francisco Calderón el nombramiento de Ministro Contador de las Reales Cajas de Cuenca, trasladándose con su familia a esta ciudad, en donde nacieron sus otros cuatro hijos: Abdón Senén, en 1804; Baltasara, en 1806; María del Carmen, en 1807, y Francisco en 1809.

He aquí cómo en este delicioso paraje de serranía andina confluyen, se juntan por el impulso de la comprensión, por el milagro del amor, personas de distintas cunas, vástagos de la distante Europa, hijos de la acogedora América, de Cuba y del Ecuador, de Pinar del Río, de Guayaquil y de Cuenca.

Cuenca paraíso escondido entre cumbres, a más de dos mil quinientos metros de altura de diferencia con las playas marinas, es entonces una ciudad recogida en sí misma, cuyos habitantes apenas sobrepasan de los diez mil, con fama de altivos y rebeldes, de amigos de las letras, de hospitalarios y leales siempre a sus convicciones, sean éstas de carácter religioso, político o social, que las saben defender con demedo y hasta el sacrificio.

La familia Calderón-Garaicoa habitó aquí en la casona de la Calle Real (hoy Bolívar), en la esquina opuesta al templo de San Agustín (que después fue reemplazado con el de San Alfonso) y en el mismo sitio en el que ahora se levanta el edificio del Banco del Azuay, en cuyo frontis debiera colocarse una placa de bronce en recuerdo de que en ese lugar habitaron dos próceres de nuestra independencia y nacieron cuatro hijos suyos, que también lo fueron en grado superlativo. Esa casa, más que casa de administración económica fiscal, se la hubiera creído, por quienes en ella moraban, nido de águilas o cubil de leones, siendo en realidad admirable reducto de heroísmo en la epopeya magnpifica por crear una nación libre y soberana.

Producida la revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809, las autoridades españolas de Cuenca tratan de obligar a don Francisco Calderón (que prescinde ya de su primer apellido) a que entregue los fondos que maneja, a fin de equipar con ellos las tropas que vayan a combatir a los patriotas quiteños. Calderón se niega resueltamente a ello, por lo que sus superiores jerárquicos lo destituyen del cargo, le confiscan todos sus bienes, lo apresan, lo engrillan y así maniatado lo envían a Guayaquil, donde por orden del despótico Bartolomé Cucalón lo encierran en un calabozo y le infieren bárbaros maltratos.

Después de haber permanecido por largo tiempo en la prisión, sale de ésta y apenas puede hacerlo se incorpora a los insurgentes, divididos, por desgracia, en dos bandos rivales: uno llamado montufarista, que reconoce por Jefe al Marqués de Selva Alegre, don Juan Pío Montúfar, y otro, denominado sanchista, que sigue a don José Sánchez, Marqués de Villa Orellana. Don Francisco Calderón –ya con grado de Coronel, se pone al mando de las tropas, las cuales llegan a contar tres mil soldados en sus filas. Con ellas, presenta combate en Verdeloma, el primer Verdeloma, el 24 de Junio de 1812, alcanzando una victoria que, por su desunión, no supieron aprovecharla los patriotas, pues permitieron que el ejército español se apoderara de Quito, obteniendo fácil triunfo.

Calderón, con seiscientos soldados, fue a parar en desastrosa retirada en Yahuarcocha, siendo allí derrotados por los realistas; mediante ardides y engaños cae prisionero de éstos y por orden del Comandante General de las Fuerzas Españolas, el sanguinario don Juan Sámano, sella con su sangre el culto a la Libertad al ser fusilado en Ibarra el 3 de Diciembre de 1812.

La viuda de Calderón, doña Manuel Garaicoa y Llaguno, siguiendo las huellas de su benemérito esposo, continúa la obra de éste con el mismo encendido empeño por la causa de la independencia ecuatoriana, si ya no a sangre y fuego en los campos de batalla, a fuerza de constante e inteligente labor en medio de la sociedad guayaquileña, a la que se reincorpora después de la tragedia de su hogar. Allí educa a sus hijos, inculcándoles el mismo fervoroso anhelo de contar con una Patria dueña de sus destinos.

Doña Manula fue una dama que supo cultivar los tesoros de la mente. Se conservan de ella cartas a diversos personajes, expresando sus pensamientos correctamente y con galanura. Cosa excepcional en aquellos tiempos, entre las mujeres, hasta compuso versos de suave melodía que se distinguen por el inflamado acento de admiración y simpatía a Simón Bolívar.

Nacida en Guayaquil en Junio de 1784, murió ya muy anciana, en Lima, en donde permanecieron sus restos por muchos años, hasta que fueron repatriados, llegando a Guayaquil el 24 de Junio de 1951, tributándoseles un grandioso recibimiento, acompañándolos hasta el cementerio las autoridades, inmenso cortejo de damas y caballeros, las niñas de todos los colegios y escuelas, la guarnición militar íntegra y el pueblo en general.

Doña Manuela tuvo diez y nueve hermanos: todos ellos, hombres y mujeres, fervorosos patriotas.

Me resta añadir algunos datos respecto a los hijos, que como es natural, recibieron de los padres todo el entusiasmo, toda la decisión por servir abnegadamente, a la noble causa de la emancipación.

Mercedes Calderón Garaicoa, nace en Guayaquil el 7 de Enero de 1801. Se casa en 1824 con don Bartolomé Francisco Ayluardo. Después de diez años de matrimonio deja cuatro hijos, falleciendo en su ciudad natal el 2 de Mayo de 1834, después de una existencia tranquila, dedicada a los deberes del hogar.

Abdón Senén Calderón Garaicoa. Sus hazañas sorprenden, su heroísmo causa estupor, su memoria inspira veneración , porque raras veces se ha podido segar tantos laureles en espacio de tiempo tan breve que apenas si comprende una alba que surge, una juventud que nace y presto se trocha, pero dejando huella indeleble de su arrogancia.

Quienes no han ahondado en el conocimiento de la historia patria imaginan que la vida de Abdón Calderón está tal vez entretejida de episodios en que el atractivo singular lo pone la leyenda. Y gentes extranjeras, ignorantes o envidiosas, incapaces de comprender que a veces se producen ejemplares humanos en que, por decirlo así, el alma madura pronto para dar frutos de excelencia, llegan a la temeridad de decir que Calderón no es sino un mito creado por la fantasía exuberante del Libertador.

Sin embargo, la vida de Abdón Calderón resiste el más minucioso examen. No hay dificultad en seguirla paso a paso, comprobando el último detalle, porque toda ella se basa en documentos irrefutables de fácil consulta.

En el Archivo de la parroquia religiosa del Sagrario de Cuenca consta su partida de nacimiento, ocurrida el 31 de Julio de 1804.

Las primeras letras se las enseña el Dr. José María de Landa y Ramírez. Cuando cuenta nueve años de edad, abandona Cuenca en junta de su familia y se traslada a Guayaquil, donde su tío don Francisco Javier Garaicoa le inculca la enseñanza inicial en humanidades; más tarde amplían sus conocimientos Olmedo y Vicente Rocafuerte, quien le da lecciones de Geografía y francés. Cumplido los diez y seis años ingresa en el Ejército y toma parte activa el 9 de Octubre de 1820, jornada en la que actúa a órdenes de Febres Cordero, otorgándosele por su comportamiento las presillas de Subteniente.

En el Batallón “Voluntarios de la Patria” se enfrenta en Camino Real con los realistas y sobresale su actitud en tal forma que el Coronel Luis de Urdaneta pide el ascenso de Calderón a Teniente, por haber demostrado –dice- “después de un valor heroico, la más recomendable decisión por nuestra causa”

Toma parte en la infausta acción de Huachi. En Enero de 1821, a órdenes del Coronel argentino José García, demuestra su denuedo en los abruptos campos de Tanizagua.

Incorporado al Batallón “Libertadores”, interviene con su acostumbrado valor en el combate de Yaguachi, en que el ejército mandado por Sucre alcanza la victoria sobre el realista. Luego, toma parte también en el desastre del segundo Huachi.

En la campaña que Sucre emprende para juntar en Saraguro sus fuerzas a las del General Santa Cruz, Calderón va como Teniente de la Tercera Compañía del “Yaguachi”. De este modo regresa a su tierra natal de Cuenca, en la que permanece pocos días, siguiendo rumbo al norte. El 21 de Abril de 1822 es uno de los esforzados combatientes que obtienen la victoria en las llanuras de Tapi. Y el 24 de Mayo de ese mismo año se corona de gloria en los riscos del Pichincha, destacándose entre miles de valientes.

Con frase sobria, el General Sucre exalta el heroísmo de Calderón en el parte oficial de la batalla con estos términos “Hago una particular memoria de la conducta del Teniente Calderón, que habiendo recibido sucesivamente cuatro heridas, no quiso retirarse del combate. Probablemente morirá; pero el Gobierno de la República sabrá recompensar a su familia los servicios de este oficial heroico.” El parte, el 28 de Mayo –cuatro días después de la batalla- indica que Calderón todavía vive, siendo de creerse que días después fallece, tributándosele honores de Capitán, pues Sucre lo asciende póstumamente a ese grado militar.

Tal es la síntesis biográfica de Abdón Calderón, cuya vida pública –que sólo abarca veinte meses-, no obstante ser tan corta, halla tan larga repercusión en la Historia. Toda ella puede ser comprobada con innumerables documentos, entre los cuales el que más le honra es el decreto de Bolívar disponiendo que la Compañía del Yaguachi no tenga otro Capitán que Calderón y que, al llamado por su nombre en las revistas, los soldados respondan: “Murió gloriosamente en Pichincha, pero vive en nuestros corazones.

Baltasara Calderón y Garaicoa, nacida en Cuenca el 6 de Enero de 1806, pone de manifiesto sus magnífIcos dotes de civismo en los anales de la República. Contrae matrimonio con su tío don Vicente Rocafuerte. En la vida del ilustre estadista, llena de episodios admirables, ya como Presidente del Ecuador, ya como Gobernador de Guayaquil, ya como infatigable luchador con las armas y con la voz elocuente y agresiva, la figura de su noble esposa adquiere relieve singular, pues ella inspira a su marido muchas acciones buenas, la última de las cuales fue hacer que este deje en su testamento una suma considerable para la construcción de la carretera de Cuenca a Naranjal.

Al morir Rocafuerte en Lima el 16 de Mayo de 1847, un escritor inverecundo, un sacerdote inteligente pero procaz –el Dr. Hermenegildo Noboa, pretente empañar el lustre del renombre del egregio repúblico. Entonces, doña Baltasara, con la decisión y valentía propias de su estirpe, toma la pluma, la hace correr ágil y resuelta por las páginas que escribe, refuta al detractor con vigorosa dialéctica e irrebatibles pruebas, destruye las aseveraciones falsas

María del Carmen Calderón Garaicoa, nace en Cuenca el 17 de Julio de 1807. Como a toda mujer bella, Bolívar le rinde sus homenajes a esta linda flor de los cármenes ecuatorianos, que ella, ilusa, los recibe, entretejiendo quién sabe qué ensueños e ilusiones. Como otras doncellas fascinadas por el brillo de la gloria de ese gran creador de naciones, ella siente por éste un gran escozor que le atormenta el corazón con el idilio que forja y guarda oculto en la callada soledad de su corazón. Es lo cierto que en su pecho virginal no se cicatrizó su herida a través de los años, por lo que no se resolvió nunca a cambiar de estado, manteniéndose en soltería irremediable, de las que no hallan más sol que el de la nostalgia y el recuerdo. Su silencioso holocausto en el ara de la resignación sólo terminó el día de su muerte.

Francisco Calderón Garaicoa, nace en Guayaquil el 4 de Octubre de 1810. Es otro prócer de las luchas de la emancipación. De diez años de edad ingresa de guardia marina y uno después como un bravo a bordo de la Goleta “Alcance”, defendiendo el puerto de Guayaquil amagado por buques españoles. En 1825 toma parte en el bloqueo del Callao, distinguiéndose por su valor, hasta que la escuadra unida de Colombia y el Perú logran la rendición del General Rodil. Alcanza el Grado de Capitán de Marina. Contrae matrimonio en Lima y al morir en esa capital deja dos hijos: Clemente y Manuela Calderón Froment.

Tal es en síntesis, la vida de los miembros de una familia que, acaso como ninguna, contribuyó a cimentar la nacionalidad ecuatoriana. Son vidas ejemplares las de los Calderón, las de los Garaicoas; porque sus vidas, no son las de los héroes fortuitos, como tantos que las circunstancias improvisan. Su valor, es fruto de reflexión, consecuencia de ideas bien formadas, aspiración de cumplir un ideal bien definido: el de tener una Patria libre, porque tienen el íntimo convencimiento de que sólo al amparo de la Libertad los pueblos pueden ser venturosos, prósperos y grandes.

Por eso, el Ecuador les ha manifestado imperecedero reconocimiento, ya inscribiendo sus hechos de gloria o pregonándolos orgullosamente para que la colectividad los recuerde. Las calles de la ciudad ostentan los nombres del Coronel Francisco Calderón y el de su hija Baltasar Calderón de Rocafuerte. En la República se han levantado tres monumentos en homenaje a Abdón Calderón; y el tributo de admiración y gratitud a doña Manuela Garaicoa de Calderón lo constituye este prestigioso Colegio, que es también magnífico monumento erigido a su memoria en Cuenca: un monumento hecho con materiales más preciados que el bronce y el mármol, porque lo sustenta el tesoro de la educación y lo remata el triunfo de la cultura. Cuidadlo vosotras, alumnas de este Colegio; engrandecedlo aún más con vuestros talentos, con vuestro afán de estudio, con vuestra constante superación y tened presente que vosotras sois las flores de la mejor corona que Cuenca ha ofrendado a la memoria de doña Manuela Garaicoa de Calderón, la insuperable maestra del heroísmo ecuatoriano.

Muchas gracias.


VICTOR MANUEL ALBORNOZ