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SR. DR. DN. ANTONIO BORRERO CORTAZAR

Author: Teodoro Albornoz /

La Primera Imprenta de Azogues

El primer Periódico

Toca a las generaciones del presente evocar las grandes figuras nacionales que ha acogido ya la historia como acreedoras a ser alzadas sobre el pedestal de la veneración pública, por la excelencia de sus méritos.

Entre los ecuatorianos, pocos tan dignos de recuerdo elogioso como el señor doctor don Antonio Borrero Cortázar, repúblico eminente cuyas cualidades resplandecen mejor a medida que más le las escudriña, de igual que el bloque marmóreo que, mientras más se lo pule, mayormente reluce para que en el se quiebre, los dardos del sol.

Aunque muy conocida su personalidad, no será demás ponerla nuevamente a los ojos de la juventud –siquiera sea en breve esbozo—a fin de que en ella se mire alto ejemplo digno de imitación.

I

Hijo De don Manuel Borrero Baca y de doña María Francisca Cortázar y Requena –personas, ambas, de distinguida prosapia—el 28 de Octubre de 1827, nace en la ciudad de Cuenca un niño que, al día siguiente, es bautizado por el señor Gobernador Eclesiástico y Vicario Capitular, doctor José Arévalo Gutiérrez, con los nombres de Antonio María Vicente Narciso.

Destacándose siempre por sus notables prendas de inteligencia, Antonio Borrero cursa sus estudios de humanidades en el Seminario de la capital azuaya; pero concluídos éstos, se dirige a Quito con el objeto de ingresar a su Universidad, donde, en efecto, más tarde obtiene el título de doctor en jurisprudencia.

De regreso a la tierra natal, dedícase al ejercicio de su profesión al mismo tiempo que a las arduas labores de la prensa. Guiado por su acrisolado patriotismo, interviene en las candentes luchas políticas de esos días. Funda, sucesivamente, “La República”, “El Centinela”, “El Constitucional”, periódicos en todos los cuales hace ver sus magníficas dotes de publicista imparcial y veraz. A demás de su vasta ilustración y profundo saber, llama la atención en él la destreza con que maneja el ataque y la censura. Reprocha lo que encuentra digno de castigo, sin temor ni vacilaciones, antes con entereza que a las claras demuestra la rectitud de su carácter: su mismo antiguo compañero de aulas, cuyo omnímodo poder todos temen –Gabriel García Moreno—encuentra en Borrero el más temible contendor, ya por la lógica incontrovertible que usa, ya por los fundados razonamientos con que lo combate

La severidad de criterio y las normas justicieras en que siempre inspira sus actos, de tal manera se imponen ante la opinión pública que a sus mismos enemigos se les hace forzoso reconocer las cualidades meritorias que allí resplandecen. Tal sucede con García Moreno que, en el año 1863, es el más entusiasta partidario de Borrero para que éste ocupe la Vicepresidencia de la República, como efectivamente sucede; pero el desinterés y la ninguna ambición del publicista azuayo se pusieron en evidencia al renunciar el alto cargo al que es llamado por sus compatriotas.

Más tarde, en 1875, la muerte de García Moreno hace que todos los ecuatorianos busquen al hombre digno de reemplazar a tan eminente magistrado que, cualesquiera que hayan sido sus defectos, no hay duda tuvo condiciones superiores de mando. Aunque en principio surgen los nombres del doctor Luis Antonio Salazar y del General Sáenz, pronto la popularidad de Borrero es tal que arrolla victoriosamente a la de los candidatos opuestos.

El régimen de García Moreno, autoritario y duro, predispone a desear para el gobierno un político igualmente probo, pero de un carácter más abierto a todos. Refiriéndonos al Azuay, el pueblo manifestaba descontento por las molestias de todo género que ocasiona la construcción de la carretera de Cuenca a Naranjal, obra de gran importancia y necesaria para estas regiones, ciertamente, pero que fue ejecutada usando y abusando de la fuerza, según costumbre de la época. En esos días, vemos que, entre los cargos lanzados contra la administración garciana, figura como de los principales el de la ejecución de la mencionada carretera –según aseveración de la “Sociedad Patriótica de Cuenca”—“no ha servido, sino para hostilizarnos y para hacernos servir al engrandecimiento material de nuestros mandarines”.

La inmensa popularidad de Borrero queda una vez más demostrada con las elecciones presidenciales, en las que obtiene mayoría abrumadora, nunca vista hasta entonces, ya que alcanza a su favor poco menos de cuarenta mil votos, cantidad exorbitante si se mira el número de electores. Sólo en la provincia del Azuay lo aclaman nueve mil doscientos sufragantes, entre los que se cuentan el Dr. Remigio Esteves de Toral, Obispo de la Diócesis, y el Dr. Manuel Hurtado, Vicario, ambos jefes natos del Partido Conservador, contrario al que lo eleva a la primera magistratura del país.

Curioso es consignar que, en Cuenca, se registran sólo dos votos contrarios a Dn. Antonio Borrero: el de su hermano Ramón, a favor del General Sáenz, y el de su propio hijo, Dn. Luis Antonio, en pro de Dn. Antonio Flores. Su elección resulta verdadera apoteosis que el país tributa a tan ejemplar varón.

Sin embargo de haberse realizado su exaltación al solio en forma de beneplácito unánime por parte de todos los ciudadanos, pronto hubo de caer al golpe inicuo de la traición, efectuada, precisamente, por uno de los militares a quien confía uno de los puestos de mayor confianza, como es el de la jefatura de las tropas acantonadas en Guayaquil.

Como consecuencia del triunfo que logra el General Ignacio de Veintimilla, Borrero sale al destierro, donde permanece por el largo tiempo de siete años, residiendo primero en Colombia, después en el Perú y finalmente en Chile. En todas estas naciones, la grandeza de su ánimo se pone a prueba, pues la desventura lo persigue incansable, dándole oportunidad a acendrar sus merecimientos con los repetidos golpes que le asesta.

Instado por el Dr. Antonio Flores, cuando éste llega a la Presidencia de la República, Borrero desempeña la Gobernación del Azuay con tino y moderación propios de su civismo.

Después, se retira a la vida privada. Busca como un refugio consolador la soledad. En su hermosa quinta de Charasol –perteneciente al cantón Azogues—deja correr apaciblemente sus últimos años, dedicado a leer y escribir sin tregua, hasta que el día 9 de Octubre de 1911, en medio del afecto de su familia y de la veneración de todos los que le conocían, fallece a la edad de ochenta y cuatro años.

II

La celebración de la efemérides conmemorativa de la batalla del Pichincha se hace con indescriptible regocijo en Azogues el 24 de Mayo de 1876, pues que en ese día llega allí la primera imprenta con que se ufana esa ciudad en su carrera de progreso.

Por expresa disposición del Presidente Dr. Antonio Borrero Cortázar, la imprenta de Gobierno que existía en Cuenca se la traslada a Azogues, dependiente todavía de la provincia del Azuay. Su entusiasta Jefe Político, señor Víctor de la Luz Toral, realiza las gestiones necesarias para ponerla en estado de servicio. Se contrata al hábil profesional señor Antonio Díaz, quien arregla la imprenta y la deja lista para entrar en funciones. Por desgracia, la letra, aunque abundante, está en su mayor parte, en malas condiciones, en tal forma que con la que se halla en buen estado sólo logra confeccionar un pliego.

¿Cúal es esta primera imprenta de Azogues? Si nos atenemos a los informes dados en esa época por el citado tipógrafo Díaz y al de las autoridades de entonces, no puede ser otra que la que en Cuenca fue también la primera.

En efecto, en 1876 se afirma terminantemente, con reiteración que indica un hecho indiscutible, que la imprenta de Azogues tiene medio siglo de uso. Pus bien, descontando esos cincuenta años, resulta que ella habría venido a Cuenca en 1826, fecha que debe acercarse mucho a la verdad.

Si es así, la primera imprenta de Azogues sería la misma en que aparece, en 1828, el célebre ECO DEL AZUAY, del insigne Fray Vicente Solano.

III

Al contar con los elementos necesarios, se despierta entre las personas intelectuales de Azogues el deseo de publicar un periódico que sea exponente de la cultura.

Su brillante juventud se apresta a la tarea, viendo muy pronto conseguidos sus anhelos. El 26 de Junio de ese mismo año de 1876 aparece “EL ENSAYO”, periódico mensual, de ocho páginas en regular formato, que lleva bien escritas colaboraciones en prosa y verso. No conocemos sino dos números; más no podemos asegurar que éstos hayan sido los únicos.

Nuestro propósito principal al escribir estas líneas ha sido el de enaltecer la memoria de un ecuatoriano ilustre, al cual debe Azogues uno de los más grandes beneficios: el de la introducción de la imprenta, acontecimiento que en todo el mundo se considera como el más trascendental a la cultura de un pueblo.

Que hoy –al cabo de 62 años de haberse implantado tan importante mejora—se cumpla lo que los inteligentes redactores de “EL ENSAYO” dicen en la edición inicial del periódico: “Debe ser sagrado y perenne para los azogueños el recuerdo del 26 de junio de 1876: porque este día, que recibe el saludo de la primera publicación del país, será tal vez el más hermoso en los fastos de su vida pública; y representando la cuna de una era de verdadero engrandecimiento, contribuirá a la inmortalidad del brillante nombre del republicano compatriota que ha cifrado su celebridad en la ventura y progreso del Ecuador”.

Loor, pues, a Antonio Borrero Cortázar, cuyo nombre esclarecido lleva con justicia una hermosa parroquia del cantón Azogues.

VICTOR MANUEL ALBORNOZ

Sonetario ecuatoriano

Author: Teodoro Albornoz /

Introducción

Molde favorito de casi todos los que vacían en el troquel del verso el oro ardiente de la inspiración es hoy el del soneto. A despecho de los que dicen que Apolo lo creó para tormento de los poetas, es lo cierto que ahora brota con abundancia pasmosa, siendo preciso confesar que en cada una de las principales literaturas existen verdaderas joyas en este sentido.

No hay duda que con los triunfos últimamente alcanzados en esta clase de composiciones, principalmente en lo que se refiere a haberlo libertado de su antigua monotonía melódica, encauzándolo en las corrientes modernas, se ha logrado que el soneto sea cofre por excelencia para conservar allí los mejores tesoros del arte.

No por esto ha dejado de señalársele defectos en cuanto al conjunto arquitectónico de las partes que lo componen. D’ Annunzio mismo, -él, que lo supo trabajar a maravilla- se inclina a creer por boca de uno de los personajes más célebres de sus novelas, el Conde Sperelli, que “la forma del soneto, no obstante ser maravillosamente bella y magnífica, es en algo defectuosa; porque se asemeja a una figura con el busto muy largo y las piernas cortas”. Seguramente a Verleine se le ocurrió igual cosa cuando compuso su recordable soneto SAPHO, en que antepuso los dos tercetos a los cuartetos.

En cambio, el cultivado espíritu de Francisco Contreras halla motivo de alabanza en la forma generalmente adoptada para el soneto, ya que “sus dos estrofas amplias y dos estrofas breves poseen la gracia de una distinción pagana de líneas a imagen de todo lo que, teniendo un débil apoyo en la tierra, se alza al azur en floración de pompa y euritmia”.

Sin entrar a discutir la razón que asista a unos u otros, precisa confesar que, en cualquiera de los dos modelos adoptados por el capricho o la moda, el soneto merece el prestigio que le otorga el arte actual, convirtiéndolo en la forma culminante en que se estereotipa la génesis poética. Anfora aristocrática, quebradiza en manos torpes, es la mejor para depósito de abermejados vinos. El leve lunar apuntado por esteta tan delicado como el magnífico no basta a despojarle de su elegancia de contornos al par que de su majestuoso movimiento, con los cuales puede presentárselo corregido de aquello que en concepto de un gusto tal vez demasiado exigente, aminora su belleza.

De prosapia luenga y gloriosa, su origen va ya envuelto en brumas de misterio. Se atribuye su invención a Pedro de las Viñas, consejero y secretario de Felipe II, al que en una tenebrosa prisión se le arrancan los ojos como a vil traidor, por lo que él en lo ímpetu del arrepentimiento y la desesperación acaba con sus propias manos su vida de poeta y cortesano: historia novedosa y trágica hasta hoy no llevada al poema por sus imitadores.

Después se desparramó por el mundo con la facilidad de un chorro de represa, recibiendo incontables reformas que lo han ido mejorando sucesivamente. Todos los metros posibles se le han avasallado, pasando su estructura por todas las alquitaras del artificio y el refinamiento: Reseguiré redujo su armazón total a sólo catorce sílabas, o sea a palabra monosilábica cada verso, mientras en América y España se lo ha descoyuntado alargándolo hasta las veintiún sílabas; desde Cervantes se le hizo crecer añadiéndole en estrambote, hasta que Rubén Darío con gracia inimitable logró poner la emoción final truncando intencionalmente la última estrofa con una línea de puntos suspensivos; los que placen del ritornello a la manera italiana buscan la cadenciosa repitación de los motivos; los que aman aún más libertad no tienen reparo en fabricarlos solo asonantados y hasta en versos blancos. Por supuesto, quienes se dedican a estos juegos de malabarismo casi nunca incurren en novedad por más que así lo crean los imberbes cultivadores de las técnicas ultramodernistas, ya que en todas las épocas asoman quienes pretenden ser, o lo son en realidad, innovadores y ya también porque en todos los jardines literarios nunca han de faltar las flores de la extravagancia y el mal gusto.

La mayor victoria obtenida por el soneto no estriba en sus variaciones en cuanto a la métrica pues, como decimos eso viene de muy atrás sino en lo que se refiere a sus elementos ideológicos. No por ello sufre mengua el soneto clásico, a la verdad de fastidiosa ejecución por sus inútiles trabas, bien que el Parnaso español puede enorgullecerse de contar innúmeras obras maestras en el género; la labor casi íntegra de Gutiérre de Cetina está en sonetos; Lope de Vega compuso muy cerca de mil; Góngora hizo preciosidades, no quedándole a la zaga Quevedo y Arguijo, sin olvidar al Marqués de Santillana –el primero en traerlos de Italia-, ni a Garcilaso que tanto contribuyera a su implantación, Boscán lo puso en boga en Castilla a instancias del dulce autor de las EGLOGAS y por consejo del célebre veneciano Navajero, según lo relata él mismo en su carta a la Duquesa de la Soma, donde se expresa así de la obra que tan desaprensivamente llevó a cabo: “nunca pensé que inventaba ni hacía cosa que hubiese de quedar en el mundo, sino que entré en ello descuidadamente, como en cosa que iba tan poco en hacella, que no había para qué dexalla de hacella habiéndola gana”.

Con tal abundancia de repujada orfebrería, hay que convenir, pues, en que el soneto no es martirio de verdaderos artistas. Menos ahora, en que no por más fácil sino por las ventajas alcanzadas, es preferido por cuantos anhelan verter su emoción en copa exquisita y alada. Emoción, repetimos sin reparar en la contextura de composición ni en la simple aglomeración de materiales, ya que en lo que hay que penetrares en el tono sensorial donde halla recreo el impulso comprensor. Nunca inspirarán entusiasmo o admiración los poemas manufacturados por puro alarde de parnasianismo, porque si se ha culpado nada menos que al cincelador de los TROFEOS de insensible y sin alma, qué se deberá ponderar de otros, como de su discípulo Leonardo Díaz, que mal pueden ser modelos para nadie por su peligroso plasticismo y por su “adoración estéril de la forma”, que decía Rodó, no logrando disculpar al argentino autor de BAJORRELIEVES. La suprema aspiración del poeta debe consistir en hacer realidad el deseo del mismo Rodó, cuyo ideal era “cincelar con el cincel de Heredia la carne viva de Musset”.



SIGLO XV


Durante la época colonial, fue en los conventos donde mayormente se albergaba el saber y la cultura, ocurriendo esto de manera especial en los de los jesuitas, donde el estudio y las disciplinas literarias corrían al par dando frutos de excelencia. Comprobación palpable de lo que venimos diciendo es que todos los nombres que aparecen en nustra primitiva historia literaria corresponden a religiosos.

Bastantes fueron los jesuitas ecuatorianos que sobresalieron en letras, pero la persecución que su orden sufrió durante la segunda mitad del siglo XVIII ha hecho perder la mayor parte de sus producciones. Por otra parte considérese que obligados a abandonar sus lares, plantaron la tienda del peregrino en tierras extrañas si bien favorables al mayor desarrollo de sus ingénitas inclinaciones: la mayor parte de ellos residió en Italia y fue allí que, con plectro mojado en las lágrimas del destierro, hallaron en la lira consuelo a sus nostalgias. De este modo, perdió nuestro Parnaso algunas joyas escritas en ajeno idioma, entre las que hemos de contar algunos sonetos de los hermanos D. Ambrosio y D. Joaquín Larrea; principalmente del último, cuya labor se halla íntegramente en italiano.

Del P. Ambrosio Larrea nacido en Riobamba en 1742, sólo conocemos dos sonetos en castellano, en los cuales se puede advertir que, aunque de mediana inspiración, sus versos brotan con facilidad y, además, se distinguen por una melodía verbal que no era muy frecuente en esas épocas.

Muy inferior en dotes poéticos se muestra el P. José Garrido, natural de Loja, del que han llegado hasta nosotros dos sonetos: el reproducido y otro consagrado “A la publicación del Decreto de las virtudes heroicas de la venerable Virgen Mariana de Jesús Paredes y Flores, azucena de Quito”.

Hay que reconocer que nuestra historia literaria se muestra casi desnuda de valores en lo que respecta a los siglos del coloniaje; cosa que acontece no sólo con el Ecuador sino también con otros de los países que estuvieron bajo el cetro del poderío español. El oscurantismo tendía sus tentáculos de hierro aherrojando conciencias y, al no permitir la expansión cultural, impedía de hecho el libre vuelo de las inteligencias. Si éstos fueron crímenes del tiempo o lo fueron de España, no es aquí donde habráse de dilucidar tan complejo problema.

En el siglo XVIII encontramos recién el primer ingenio que con derecho puede figurar en esta galería. Don Ramón Bisecas, nacido en Ibarra el año 1731, fue poeta de algún mérito, a quién los críticos convienen darle el principado del estro en los tiepos anteriores de nuestra independencia. Conocemos de él seis sonetos de los que los dos mejores reproducimos aquí; no sin declarar que hacemos bastantes restricciones sobre el juicio favorable emitido sobre ellos por Don Juan León Mera y por el P. Francisco Váscones, los que no tienen reparo en asegurar que dichas composiciones casi no hallan rival en el Parnaso americano, siendo comparables a las de Arguijo, Herrera, Argensola y más pléyade de famoso bardos españoles.

En nuestro concepto Bisecas fue un poeta apreciable bajo algunos conceptos, sin que por esto sea justo tributarle exagerados elogios, pues si bien se distingue como correcto versificador, su inspiración es poco caudalosa, resultando siempre de una frialdad marmórea sin el compactamiento que saben dar los grandes artistas a los nobles materiales del verso con que se hacen las altas creaciones dignas de perpetuidad.

Toca aquí lugar a un poeta cuencano, del que se había perdido toda memoria hasta que en 1906 el P. L.L. Sanvicente descubrió en tierras extrañas copiosa obra literaria suya, que no obstante ser de sus últimos destellos de su musa, bastan para que consideremos al P. Pedro Pablo Berroeta—que es a quién nos referimos—como valor apreciable en nuestra historia literaria.

Cuenca, de quién dijo el P. Velasco que “dio en todos tiempos grandes sujetos” contó en el siglo XVIII con felices ingenios, entre los cuales no faltan algunos que cultivaron la poesía. Bastará citar al célebre General Don Ignacio de Escandón, autor enrevesado y gongorino, y al P. Nicolás Crespo, cuyas aptitudes han merecido encomio. Del primero no conocemos sino versos octosilábicos y del segundo queda sólo una elegía en latín que ha sido traducida al castellano por Valdenebro.

De Berroeta, nacido en esta ciudad el 29 de Julio de 1737, se conocen cerca de cien sonetos, entre los cuales hay mucho que deshechar; pero, pero una vez separado el tamo, se advierte luego que resta porción valiosa donde el oro de la inspiración rutila en verdad, no era para Berroeta el vuelo a gran altura, como lo demostró en cada uno de sus intentos de producir obras de gran aliento, tales como la dedicada a los infantes de España y su desdichado poema de “La Pasión de Cristo”. Puede decirse de él, como de Samain, que tenía el vuelo corto del ruiseñor.

En nuestra opinión, y poniendo a un lado a Orozco que invadió género muy distinto, Berroeta es el poeta ecuatoriano de mayores méritos durante la época colonial. Supera a Bisecas en lo inflamado del estro y compite con él en cuanto a fluidez de dicción, teniendo además igual soltura y más elegancia en la expresión.

Cualidad que le distingue es la de ser diáfano en su estilo, sin haberse querido contagiar del enrevesamiento que entonces era casi general entre los literatos. A pesar de haber vivido cincuenta y cuatro años ausente de su patria, jamás la olvidó, ni hizo lo que la mayor parte de sus compañeros de destierro: renegar de su lengua y escribir únicamente en italiano, caso en el que incurrió solo tres o cuatro veces.

Con una vida tan agitada y llena de vicisitudes como la que se vieron obligados a llevar los jesuitas en la última mitad del siglo XVIII, a Berroeta no le fue dado conservar ninguno de los escritos de su juventud, que debieron ser en gran número, a juzgar por la facilidad que aún en las postrimerías de su vida le caracteriza.

De sus sonetos se destacan los de índole religiosa, donde nota un acento enfervorecido que suele verterse, a las veces, en notas suaves y musicales como de juguetona brisa deslizándose entre los rosales de esta tierra, donde corrió su infancia y donde indudablemente por primera vez se sintió arrebatado por el influjo del númen.
SIGLO XVIII


El P. Juan de Velasco, nacido en Riobamba el año 1727, es una de las figuras mas prominentes de cuantas puedan aparecer en la bibliografía nacional. En el orden cronológico, es el primero de nuestros historiadores como autor de una obra de mérito por muchos conceptos, aunque por otra parte adolezca de bastantes defectos; su “Historia del Reino de Quito” ha sido, es y será largo tiempo fanal de luz para cuantos han seguido el sendero trazado por él.

Casi no se le a considerado como amante favorecido de las musas, llegando a asegurar don Vicente Emilio Molestina que hasta carece de dirección poética. Nos parece este un reproche injusto, pues, si bien Velasco es muy desaliñado en la forma –y no siempre, por cierto—tiene otras cualidades que lo recomienda, tales como el arranque imaginativo propio de los que sienten en sí el ímpetu de las alas.

A lo que parece, Velasco tomó como mero pasatiempo la labor de hacer versos; estos brotaban de su lira descuidadamente y él nunca se preocupó de aliñarlos y menos de pulir como el artista todas las asperezas con que nacíban.

Hay que tomar en cuenta que solo se le conocen diez poesías originales en nuestro idioma.

Velasco murió en Faenza el 29 de Junio de 1792.


SIGLO XIX

En el género heroico y en lengua castellana no halla competidor en el siglo XIX Don José Joaquín Olmedo, nacido en Guayaquil el año 1780. no nos incumbe aquí exponer juicio sobre el gran poeta, con justicia considerado como uno de los mayores de América, sino únicamente ocuparnos en lo que toca a nuestro propósito

Como es sabido la fama del Cantor de Junín se basa en el soberbio pedestal que le ofrecen un corto número de composiciones verdaderamente geniales. Su labor íntegra no llega a cuarenta poesías y, entre ellas, nuestra avidez no encuentra sino dos sonetos.

“En la muerte de mi hermana” se aprecian algunas de las altas cualidades que lo distinguen como poeta. Aparece el versificador insigne, diestro en el escandir de los versos, hábil en eso de superponer las estrofas como bloques de mármol de Paros en donde el artista borra la huella de la juntura. El ritmo corre majestuoso, con sonoridades musicales que, sin duda debido a lo entrecortado del acento se interrumpen acaso dos voces, como la voz del ruiseñor que calla en la umbría cuando la corneja de su graznido. Otra cualidad digna de ponderarse es la de la concisión de las ideas.

Si juzgamos los deméritos, no acusaremos de blasfemos sus conceptos, ni menos trataremos de disculparnos, pues tales distingüendos no caben dentro del arte, en cuyos dominios este soneto bien se puede estar, aunque en lugar distante a lo óptimo. El verso final que, sin disputa alguna, es la joya de mayor aprecio y hermosura en la composición tiene el defecto capital de ser una mera imitación de Víctor Hugo, que al ocurrir la muerte de la Srta. de Sombrenil imprecaba al Hacedor en iguales términos:

“Signeur, assez d’ anges aux cieux?”

El otro soneto es de escasísimos méritos. Sin duda fue escrito al correr de la pluma, como quien fabrica un juguete que luego obsequia a un niño pero por ser de quien es lo incluimos en esta galería.

No hemos querido prescindir aquí de don Rafael Carvajal, nacido en la Provincia de Imbabura en 1819, por cuanto su nombre ha merecido cierta consagración, ya que aparece en todas las historias de la literatura ecuatoriana, desde la hecha tan a la ligera por don Vicente Emilio Molestina hasta la reciente del P. Francisco Váscones.

Sin embargo, Carvajal es un mediano poeta que seguramente escribía solo en los ratos de ocio que le dejaban sus muchas ocupaciones en el foro y sobretodo en la política; prueba de ello es que sólo dejó doce composiciones, incluyendo en ellas seis inéditas aún.

El soneto que publicamos a continuación no merece el calificativo de tal dentro de las preceptivas clásicas; pero, puestos en el caso de insertar algo suyo, lo hemos preferido, tanto porque el dedicado a “Una poetisa” tampoco es correcto en la forma dentro de esos cánones, como porque en el transcrito hay cualidades que no resaltan en el otro.

Estamos de acuerdo con don Juan León Mera en cuanto a que Carvajal hacía buenos versos, más nunca poesía. Seguramente su figuración política fue la única que determinó hacerlo incluir en antologías y parnasos, que, a la verdad, se resienten casi todos ellos de haber sido dictados por un criterio no siempre imparcial y sereno. Sobre todo, aquella colección formada por la Academia Ecuatoriana es a todas luces apasionada, ya que allí han primado las simpatías personales y, lo que es peor, la de un mezquino partidarismo.


Miguel Angel Corral


Corre en alguna parte el aserto de que este poeta, nacido en Cuenca el año 1833 “fue muy celebrado por su grande facilidad para las improvisaciones”. No sabemos en qué se funda tal dicho, pero parece desmentirlo la escasa producción que dejó a su muerte, así como un hecho ocurrido en su vida literaria. Sabemos, por propio testimonio de Corral, que precisamente, sus contemporáneos le acusaban de ser muy difícil y tardío en la versificación, en una palabra de ser un forzado de la rima. Tan grave le pareció al poeta esta acusación que, para demostrar lo contrario, compuso una mediana tirada de versos consonantados en esdrújulos: pueril e infantil manera de defenderse de un cargo que, en el fondo, no encierra ningún reproche, pues a nadie se le ha ocurrido hasta ahora censurar, demos por caso, el que Heredia demorase, por término medio, un año en componer varios de sus sonetos de LOS TROFEOS.

Claro es que las poesías de Corral no tienen, ni de lejos, la perfección de forma de los artistas que consagran devoción al buril y al retoque. Son mas bien por lo común, desaliñadas: pero se distinguen por cierta suave melancolía brotada espontáneamente de un corazón que sabe sentirla. Hay sí ceridad en tales versos, por eso podemos decir de Corral lo que Saint—Beuve de Marcelina Desbordes: “tuvo el don de envolver en melodía sus dolores”.


Antonio Marchán


Juicio muy despectivo mereció por parte de don Juan León Mera este poeta cuencano, nacido el año 1830, aunque, a fuer de justiciero, hubo de excepcionar de tal apreciación a dos composiciones de las que fueron incluidas en la “Lira ecuatoriana” compilada por don Vicente Emilio Molestina. Precisamente, se trata de los dos sonetos que a continuación se transcriben y en los cuales se advierte ciertamente, que quien los compuso poseía dotes, sino de mimado de las musas, cuando menos de correcto versificador y de algún vuelo en la exteriorización de ideas.

A pesar de lo largo de su existencia, pues murió nonagenario, parece que Marchán dejó un bagaje literario relativamente corto en el cual es indudable que se destacan los dos referidos sonetos. Sin embrago fue un decidido aficionado de las Letras, hombre ávido de nutrir su intelecto con el pan espiritual de la lectura de excelencia o el comentario sazonado que brota de la tertulia entre gentes de ingenio y buen gusto.

Su nombre va unido en cierto modo al de Dolores Veintimilla de Galindo, de la que fue amigo y talvez consultor literario. En el proceso que se siguió al suicidio de la célebre poetisa se hizo plena comprobación de que las dos últimas estrofas de “La noche y mi dolor”—poesía que se incluye entre las obras de aquella, siendo de las mas celebradas fueron escritas por don Antonio Marchán.


Julio Zaldumbide


Es este uno de los poetas que con más títulos puede figurar en el parnaso ecuatoriano, en lo que se refiere al siglo XIX.

Zaldumbide, nacido en Quito el año 1833, no solo se distingue por la corrección académica que resalta en cada uno de los inspirados brotes de su lira, sino por el austero fondo que hay en ellos. Tras bien encaminada meditación, cada idea aparece, como la rama desgajada del árbol al peso de innúmeros sazonados frutos. Con justicia se lo ha calificado de POETA FILOSOFICO, sin que por ello ha de considerárselo frío y sin alma, de esos que solo gustan de recorrer los desolados campos de la razón, donde no alumbra el buen sol de la esperanza ni da su risa de oro la piadosa mentira que hace amable la vida.

Por el contrario, en sus versos, graves y sonoros se esconde la delicadeza del sentimiento: Fontana de piedra, de donde fluye el corro de agua dulce y cantarina. Tras la tersura de ese pecho fuerte, gime la entraña dolorida que florece en sangre cuando la hiere la espina del desencanto o la pasión.

Su obra no es muy copiosa, pero se advierte que supo manejar con igual destreza variados temas, desde aquellos derivados de la observación hasta los que brotan a impulsos de la psicología individual. En sus poemas descriptivos campea la veracidad envuelta en gasas de hermosura, mientras en los de lirismo personal se desborda blandamente una ternura que se moja en lágrimas y se ahoga en suspiros. Casi siempre es triste, pero no suele estallar en el alarido, ni en la blasfemia. Su filosofía lo lleva a un elegante escepticismo, donde las alas se agitan por los espacios de la duda, pero sin llegar a la desesperación de quien niega rotundamente los postulados de esos problemas acaso sin resolución para la mete humana.

El juicio emitido por respetable crítico sobre su “Canto a la música” puede aplicársele al conjunto de poesías de Zaldumbide, donde en verdad “se nota elevación en las ideas, variedad y hermosura en las imágenes, lirismo en la expresión, maestría en el manejo del metro y de la rima, pureza y corrección en el lenguaje”.

Por desgracia la composición que aquí figura, no es de las mejores de su autor, aunque don Luis Cordero ya la calificó de “gallardo soneto”, en el que, ciertamente, se aprecian algunas cualidades dignas de recomendación.


Gabriel García Moreno


Cualidad inherente al hombre superior es la de férrea voluntad. Por ella, realizan cuanto se proponen, de modo tal que por más que no les sea peculiar algún nuevo empeño que acometan, siempre lo han de ejecutar en forma si no sobresaliente, nunca vulgar. Sobre todo acontece esto en lo que se refiere a las disciplinas literarias, actividad humana imprescindible para quien se eleve a cualquier esfera que sobrepase los límites de lo común: guerreros, estadistas, sabios y magistrados, todos han menester exteriorizar en forma brillante o cuando menos correcta el vuelo caudal de sus pensamientos.

Gabriel García Moreno, nacido en Guayaquil, el 24 de Diciembre de 1821 si se destaca en la historia nacional con los relieves del cuadillo cuyo nombre es hasta hoy un emblema de lucha y acción, ocupa también puesto de honor como varón de letras. Vino para cumplir otros destinos, y es por esto que no participamos de la opinión de Juan León Mera que lo creyó capaz de emular como poeta a Olmedo, idea de la que en cierto modo participa Menéndez y Pelayo cuando dice que “hubiera podido ser eminente en el arte de la palabra, si no hubiera preferido el arte soberano de la vida y de la acción”.

Quince poesías dejó a la posteridad y, dentro de ese acervo, cuatro sonetos, todos los cuales se distinguen por la corrección académica con que están escritos, aunque su mérito no puede parangonarse, pues tres de ellos pertenecen a un género festivo de pocos quilates, en tanto que el otro es de gran alteza de miras.

“A la Patria” revela en un aspecto muy noble a uno de los ecuatorianos que más anheló el engrandecimiento de su país natal, como lo demostró en cada uno de sus actos, aunque en aquel alto afán no examinó siempre los medios de conseguirlo. Si en la parte final de la composición no predomina la misma musicalidad que en los cuartetos, en cambio el fondo esconde más riqueza en el pensamiento.

El “Soneto Burlesco” desarrolla el tema tan trillado de escribir burla burlando los catorce versos que integran esta combinación métrica. Es modelo el tan conocido de Lope de Vega: “Un soneto me manda hacer Violante……….; “que, a su vez, no es sino servil del que compuso don Diego Hurtado de Mendoza:

Pedís, Reina, un soneto;
ya le hago;
ya el primer verso y el segundo es hecho;
si el tercero me sale de provecho,
con el otro verso el cuarteto os pago”.

El “Soneto bilingüe dedicado al Cosmopollino” y el que se consagra “A Juan que volvió tullido de sus viajes sentimentales”, pertenecen a un género satírico que casi no halla cabida en los terrenos del arte puro. Saetas envenenadas que salieron del arco tenso en horas de rencor y tedio, estos arranques, sobre no tener gracia—que la gracia es delicadeza—son enteramente injustos. Ya don Juan Montalvo, contra quien van enderezados se defendió bravamente de la burla que en ellos se hace de su descripción en la visita a la roca Tarpeya; descripción, ciertamente, que no tiene perfiles caricaturescos y que, por el contrario, es movida, sobria y natural. Extraña que el docto coleccionador de las obras de García Moreno tenga aplausos para estos dos sonetos, de inmensa crasitud en la expresión, como que en ambos se califica nada menos que de pollino al gran escritor, y los cuales solo sirven para demostrar que aún en las grandes almas halla cabida la negra sombra de la venganza y el odio.


VICTOR MANUEL ALBORNOZ.

SOBRE LA ULTIMA GENERACION LITERARIA DEL AZUAY

Author: Teodoro Albornoz /

Cuando aquella aventajada legión de los Tamariz Crespo, Cordero hijos, etc. dejó las aulas del estudio para seguir por las veredas de la vida de energía i acción, reinó silencio abrumador. Había muerto la Poesía para la nueva generación.
Quién creyera! Esos adolescentes, hoy en plena juventud, olvidaron – en la ciudad del misticismo-, o no pudieron pulsarla, hasta el arpa sollozante que, cabe el altar de Santa María, hablaba de abandono y soledad. ¡Y no fue bastante para romper ese silencio ni la locura de la edad, ni los arrebatos de corazones que indudablemente no pudieron negar dádivas al Amor!
Contagiado, o mejor, aplastado por tal apocamiento, sólo mucho después se oyó la voz de RICARDO CRESPO ORDOÑEZ. Vino con ímpetu de fiebre – como que debía recobrar, siquiera en parte, el tesoro de tiempo que hiciéranle perder.- Escribe donosamente, siguiendo acabados modelos, aunque es de culparle cierto enmarañamiento en la forma i una tenue oscuridad en el exponer de la idea: defectos de lírica primicia. No le es difícil enseñorearse de la cumbre; i allá deseáramos verlo.
De improviso, pasados años, rompió la calma de esa inepcia, de esa paz monacal, una algarada rebosante de regocijo. ¿Quiénes hacían retornar al viejo entusiasmo, que parecía dormir sueño de eternidad en la tumba del indiferentismo? Eran unos niños que, inoculados con el gérmen de la santa demencia, se precipitaban en la liza, ansiosos de los laureles triunfales: oh! los laureles imposibles que cuantos vimos marchitarse en las negras sendas del desencanto!
Guiados, su mayor parte, por la mano de experto e inteligente maestro – el Sr. Don Francisco de Paula Correa.- no dejaron apagarse, como otros lo hicieran, al augusto quinqué del Númen; i postrados en oración ante la Soberana Belleza, entonaron el trémulo arpegio de la iniciación.
Ese tropel había sido avizorado por los ojos, bondadosos para la Literatura, de Nicanor Aguilar. Este hombre que parece nacido para cuidar de las vides del intelecto incipiente; éste a quien no arredran fatigas ni desazones: no quiso, i no pudo, dejarlo pasar sin que su enseñanza vigorizara el esfuerzo de quienes anhelaban ser campeones. Y he aquí fundado, el 19 de Enero de 1911, un remedo de academia: la Sección Preparatoria de la Academia Azuaya, así llamada por alusión i ficticia conexión con ese exergo de algo que jamás existió.
No podemos decir, sin faltar a la verdad, que Nicanor Aguilar modeló el alma de la literatura de esos jóvenes, aunque si modelara el cuerpo. Una cosa digna de encomio i otra censurable.
Digna de encomio: porque poner vallas al arroyo significa detenerlo, estancarlo, o, cuando menos, cambiar el curso a que la Oculta Potencia lo predeterminara. Aguilar no detuvo la corriente, rebelde en veces e irreverente en demasía, comprendiendo la inutilidad, del afán i todo lo alto que generalmente presagian, precisamente, rebeliones e irreverencias.
Digna de censura: porque bien está que el cincel corrija lo que la inexperiencia trabajara, pero no que el talento ceda su opulencia a la inopia de la inutilidad, ocasionando de este modo males irreparables. ¿Quién no sonrió despreciativo al leer composiciones de algún mérito, firmadas por personas hoy de reconocida incapacidad para las artes liberales?

Oh! qué Academia! Se daba lectura al acta de la sesión anterior, luego a las cartas de Lord Chesterfield (i era en el año de 1911), o a las Consultas al Diccionario de Carlos R. Tobar, Después, venía el mare magnun de versos y prosas. Cualquiera de los académicos en cierne, puesto en graciosa desapostura oratoria, endilgaba largas peroratas encaminadas a esclarecer asombrosas cuestiones de filosofía, historia, etc. Y aunque el uno nada oyó, pensando en la novia; i aunque el otro nada entendiera, porque nada se podía entender; lo cierto es que al terminar ese chorro de sabiduría surgían aplausos con estrépito formidable.
Se redactaban periodiquillos manuscritos de letra enrevesada, y llenos de borrones de tinta, como que se los formaba a toda prisa i sólo por salir de compromisos.
Entre ellos, figuraban el “Pensil Literario” i “¡Excelsior!”, muy campantes i orgullosos i sobradamente pedantescos, porque la Academia tuvo hasta pedantes; la cual es mucho en tratándose de muchachos. Dos se destacaban: Don Víctor Manuel Albornoz i Don César Dávila. Albornoz, primero—porque era primero en la manía. Por gracia de nuestras virtudes o pecados (difícil es averiguarlo) leíamos con avidez muchas escrituras; i ellas fueron instigadoras, sino culpables, para que las encajáramos pródigamente, siquiera en diminutos fragmentos, vinieran o no al caso. Olvidando así que la erudición- entonces, a la violeta- “no es para decirlo todo sino para saber lo que se ha de decir”, según expresó el romántico de Larra.
Y nosotros no sabíamos qué decir. El que más contaba diez y seis primaveras. Exentos de verdaderas emociones, creyendo a pie juntillas la frase de Plutarco de que no hay poesía donde no hay mentira, i por único lema el audaces fortuna juvad, nos dimos, como se ha hecho costumbre, en llorar a moco tendido la desventura de los dolores intensos, torturantes, ante los cuales palidecían los tormentos que viera Arisiandro de Telmesa en el infierno mitológico, o los que Dante narra que existen en el cristiano. O de no, rimábamos, en rimas de incurable tullimiento, unos besos no dados, unas cartas no escritas, en fin, un deplorable sentimentalismo de amor.
Rápidamente, queremos enumerar i esbozarlos, si se quiere, a los que, en nuestro concepto, fueron los más notables de aquel grupo:

Luis Eduardo Martínez: Racimo de esperanzas que ayer no más desgajara inexorable muerte. Fue el primer compañero que nos abandonara; el que anunció que la sombra levantaba su palio en torno nuestro, mientras los pájaros agoreros rompían en fúnebre clamor. La noche….

Oh! Martínez, el filósofo Martínez—decíamos - ¿Cómo no recordar las largas discusiones elocuentes, eruditas con que nos regalaba cuando, por contradecirle, fingíamonos anarquistas en creencias?
Espíritu caballeresco, corazón hecho de lirios, alma que era semillero de virginidades, Martínez fue el que más en serio tomó la inclinación literaria. Sus artículos—tersos, fríos (de ningún modo fue poeta), reflexivos, sesudos, casi en madurez—parecían no de quien gozaba las exultaciones juveniles. Sólo conoció la vida en los libros; i si admitió presentes de la Razón, prefirió volar en el carro flamígero de la Fe- la niña de ojos azules, dilecta hermana del Ensueño. Repetimos: fue racimo de esperanzas.
César Peralta Rosales: Es, indiscutiblemente, quien va a la cabeza de esta legión. Y todos debemos darnos por satisfechos con poder seguirle.
Cerebro vigoroso; de sólida instrucción; neurótico tremendo, con neurotismo llevadero a las Letras: César Peralta está-- rabien quienes rabien- sino a mayor altura, al nivel de muchos que, cargados de años, gozan de renombre. Y si esto es hoy ¿qué encerrará el mañana? Pero este bohemio, el primer lírico bohemio que existió en Cuenca, tiene una enorme modestia que le viene de su justo i noble e indomable orgullo. Y de aquí….
La llama que trata de ocultarse tendrá que surgir. Y César Peralta, prosiguiendo la ruta emprendida, siempre en línea recta (es de la raza de aquellos modeladores de rutas), hallará, como en los cuentos de niños, el edén codiciado, a la fuente de vida inmortal, y al pájaro trinador de venturanzas, i a la Reina de las flores encantadas.

César Dávila Córdova: De constancia a toda prueba. Nació con irresistible vocación. Y si no las tiene, está pidiendo a gritos alas. Es de los más conocidos; i hasta ha merecido elogios de la crítica, i, lo que es más, elogios como crítico.

José M. Astudillo O: Si se empeñara en ello, llegaría a ser notable poeta. Tiene buenas predisposiciones, especialmente para la poesía elegíaca. Necesita esmero en el escandir de los versos, i como la mayoría de sus compañeros adolece de falta de lectura.

Manuel M. Muñoz: Hoy, un enigma: ha querido principiar por el principio. El Tiempo hablará de él. Cuando principió como nosotros, escribió mucho y muy donosamente, prometiendo eclipsar a todos.

Andrés F. Córdova: Torció el camino literario, i fuese por el netamente opuesto. Ahora parece regresar, no del todo, pero siquiera al periodismo de periódicos.

Ricardo Darquea: Digno de aplauso por su entusiasmo, va progresando de día en día.

Miguel Jerves, Napoleón Dávila, Benjamín Cordero, Juan Jaramillo, Aurelio Galarza A., Luis Ordóñez, merecen también ser citados.

Hemos querido hablar detenidamente sobre esta agrupación, dada la importancia que, a no dudarlo, tiene ella, ya que significa reflorecimiento en jardines amenazados por la tala del invierno.
Cuán útil la risueña epifanía! porque, dado el caso de que nada aprendiéramos en las sesiones de la Academia Preparatoria, cuando menos nos avezamos al trabajo i aprendimos a caminar por enriscados vericuetos.

……….

Fundado en las postrimerías de 1912 el ATENEO SOLANO, se agruparon allí otros jóvenes que, bajo la dirección de Juan Iñiguez Vintimilla, trabajaron también con ahinco en medio de una atmósfera nada propicia a intenciones literarias.
No pudiendo darse juicio exacto sobre los que formaron parte de esta sociedad, nos limitamos a citar los nombres de ALBERTO ANDRADE, FEDERICO VINTIMILLA, ALFONSO ESTRELLA, ALFONSO POZO, que entre otros, descollaron por su inteligencia.

……

Tócanos ahora mencionar a los principales de los que, sin pertenecer a determinado círculo, son de aquellos codiciadores de laureles o, cuando menos, de íntima i gloriosa satisfacción:

Luis Peralta Rosales: Toda una esperanza. Persona que parece arrancada de una novela romántica de las más exageradas. Dicho se está—i es lástima- que más es corazón que cerebro.

Remigio Romero Cordero: De aquilatado talento, que muy bien pudiera ser digno heredero del de su señor padre. Poco ha publicado, pero ello ha sido suficiente para poder juzgar de lo exquisito de su gusto artístico.

Luis Roberto Chacón: Tiene el grado de locura necesario al acometedor de empresas i algo de la perseverancia indispensable al triunfo.

Cesáreo Peña: Propio para la poesía de dulce sencillez. Guitarra antes que lira.

Daniel Cañizares……

……..

Terminamos.
La Sección Preparatoria de la Academia Azuaya i el Ateneo Solano, han muerto ya. Murieron de esplín, de desesperanza. Y es cosa triste, porque esta última generación literaria es sobradamente rica en talento.
La inacción conduce al despeñadero. Hay que tener la conciencia del yo, que dijo Stendhal: quién sueña en altos picachos es porque puede alcanzarlos. Sabido es que, para ascender, se tropieza siempre. ¿Qué importa la ruindad del atajo? Trabajo y perseverancia son báculo. Y, además, juventud quiere decir: todo. Todo lo que es grande, i generoso, i noble.
Alcanzad la cumbre. Para ello, seguid el consejo de Flaubert: emborracharse con tinta. Imitad a Sileno: embruteceos en lo infinito. Bello es adormecerse, como Víctor Hugo, en el ensueño terrible.

VICTOR MANUEL ALBORNOZ.

“HACIA EL IDEAL” Año I. Cuenca, Febrero de 1915 N°. IV.

Sesión del día 30 de Junio de 1931.

Author: Teodoro Albornoz /

Se instala a las siete y veinticinco de la noche, presidida por el Sr. Dr. Octavio Díaz y con la asistencia de los Srs. Drs. Carlos Cueva Tamariz, Alberto Moreno Mora, Aurelio Aguilar Vázquez y Juan José Montesinos, Consejeros Principales 1°, 4°,5°,6° y 9° respectivamente.
Actúa el infrascrito Secretario de la Corporación.
Se da lectura al acta de la sesión anterior, la que es aprobada sin modificación.
Se lee el oficio número 852 del Sr. Gobernador de la Provincia, en el que se manifiesta que el Concejo Municipal de Gualaceo no funciona por falta de quórum legal pues, por ausencia de los suplentes y la incapacidad de algunos principales, han quedado en número de dos los Concejales capaces, habiendo llegado al caso contemplado en el artículo 53 de la ley de Elecciones, esto es, de que el Consejo Provincial debe nombrar los tres miembros que faltan.
En seguida se da lectura al Informe del Sr. Jefe Político de Gualaceo en el mismo sentido y en el que se transcribe una comunicación del Presidente del Ayuntamiento de ese cantón, constando en ella que los Srs. Alcibiades Cañizares, Froilán Antonio Pozo y Dr. Manuel Eloy Serrano, Concejales Principales primero y tercero, respectivamente. Y el último vocal nombrado en lugar del quinto principal son incapaces de seguir ejerciendo sus cargos, por ser deudor del Municipio el primero de los nombrados y parientes dentro del segundo grado de consanguinidad de ex tesoreros que también adeudan al Concejo, los dos últimos.
En esta virtud de manera unánime el Consejo nombra a los señores José Coello, José Manuel Arízaga y Arcadio Guillén, Consejales primero, tercero y quinto del Municipio de Gualaceo, resolviéndose pasar los respectivos nombramientos sin esperar la aprobación del acta, por ser de urgencia que se integre dicha Corporación.

Sesión del día dos de Noviembre de 1931

…………………………………………..
Se da a conocer la comunicación telegráfica del Sr. Presidente del Concejo Municipal de Gualaceo, en el que a nombre de esa Corporación invita al Consejo Provincial del Azuay al solemne Acto de la inauguración de la carretera Tahual-Gualaceo.
Se resuelve agradecer y aceptar dicha invitación, nombrándose la Comisión compuesta de los Srs. Presidente Dr. Antonio A Barzallo, Vicepresidente Dr. Aurelio Aguilar Vázquez y Consejero Dr. Alberto Moreno Mora para que concurran a nombre de la Corporación.
El Sr. Presidente manifiesta que al Consejo Provincial toca principalmente estimular a los pueblos que impulsan las obras viales, base de todo progreso y siendo constante que el Cantón Gualaceo se ha esforzado en ese sentido, sobretodo en lo que se refiere a la carretera Descanso-Gualaceo, propone dictar un Acuerdo de felicitación y en el que se ponga de relieve aquella patriótica labor.
Se aprueba la moción por unanimidad de votos y se dicta el siguiente Acuerdo:

El Consejo Provincial del Azuay,

Considerando:

1° Que es necesario estimular el esfuerzo de los pueblos por mejorar sus vías de comunicación, factores de progreso;
2° Que es altamente ejemplarizadora y laudable la desinteresada cooperación del vecindario del Cantón Gualaceo por unirse a Cuenca con una carretera; y
3° Que ese patriótico objetivo lo ha conseguido hoy Gualaceo, desplazando un buen trecho de roca granítica,

Acuerda:

1° Enviar al pueblo de Gualaceo su más ardiente felicitación, la misma que hace extensiva a la Primera Autoridad Política y al M. I. Concejo Cantonal;
2° Remitir un Autógrafo de este Acuerdo al I. Ayuntamiento que representa a los dignos habitantes de Gualaceo; autógrafo que lo entregará personalmente una Comisión del Consejo; y
3° Publicarlo por la prensa.
Dado en el Salón de sesiones del H. Consejo Provincial del Azuay.
Se aprueba unánimemente la redacción del preinserto Acuerdo.
……………………………………………..



Sesión del día nueve de Noviembre de 1931.

Se instala la sesión a las 7y 20 p.m., bajo la dirección del Sr. Presidente Accidental Dr. Antonio Barzallo y con la concurrencia de los Srs. Drs. Aurelio Aguilar Vázquez, Jun José Montesinos, don César Torres y Alberto Moreno Mora, Consejeros Principales y los Srs. Miguel E. Ortiz y Dr. Januario Palacios, Consejeros suplentes, llamados a integrar la Corporación en lugar de los Srs. Drs. Carlos R. Vintimilla y Octavio Díaz.
Actúa el infrascrito Secretario de la Corporación.
………………………………………….
El Sr. Presidente da cuenta al Consejo respecto a la Comisión que se le encomendara, con motivo de la inauguración de la Carretera Descanso-Gualaceo, para la entrega del Autógrafo en que constaba el Acuerdo de felicitación al pueblo de Gualaceo, dictado por esta Corporación.
………………………………………

Sesión de día veintidós de Marzo de 1932.-
……………………………………………
Se da lectura a la Circular N° 46 del Consejo Provincial de Tungurahua invitando de manera especial a esta Corporación para que tome parte en los festejos que se organizan con el objeto de solemnizar el 13 de Abril próximo el centenario del nacimiento del egregio escritor y polemista don Juan Montalvo.
Se da a conocer la respuesta dada por la Presidencia aceptando tan grata invitación y manifestando haber transcrito los justos y patrióticos anhelos de esa H. Corporación a los Municipios de Cuenca, Girón, Gualaceo, Paute y Gualaquiza, en orden a que en toda la Provincia se honre debidamente la memoria del insigne ambateño.
Se lee la comunicación del Comité de Damas Ambateñas “13 de Abril” en el que se manifiesta que ese Comité, al acoger entusiastamente uno de los números del Proyecto de Programa enviado por la Asociación de Investigaciones Históricas “ Pedro Fermín Cevallos”, ha resuelto que quince damas ambateñas, en representación de las provincias ecuatorianas, formen el Cortejo de honor en el homenaje que tendrá lugar al pie del monumento a Montalvo, depositando las coronas y los Acuerdos que se dictaren al efecto por los Consejos Provinciales, y que en esa virtud designó a la Srta. Marieta E. Sevilla para que represente a la Provincia del Azuay.
Después de corta discusión, se resuelve tomar parte activa en la patriótica celebración del centenario del nacimiento de uno de los más grandes americanos de la época actual; y en consecuencia se dicta el siguiente Acuerdo:

“El Consejo provincial del Azuay,

En tributo de admiración al gran ciudadano, hablista insigne y pensador profundo, don Juan Montalvo; y como testimonio de adhesión y fraternidad a la ciudad de Ambato, en el primer centenario del nacimiento de su hijo predilecto,

ACUERDA:

Participar del homenaje a Montalvo con una sesión solemne que tendrá lugar el día trece del presente mes, en la que llevará la palabra oficial el Vicepresidente de la Corporación Sr. Dr. Dn. Carlos Cueva Tamariz;
Suplicar a la distinguida señorita Marieta E. Sevilla, designada por el Comité de Damas Ambateñas “13 de Abril” para representar a la provincia del Azuay, se digne depositar una ofrenda floral en el Monumento a Montalvo en el día de su apoteosis; y
Enviar autógrafo este Acuerdo al H. Consejo Provincial de Tungurahua.
Para los gastos que hayan de efectuarse, los Srs. Consejeros acuerdan hacer una erogación de cinco sucres cada uno.
………………………………………………………..
SESION EXTRAORDINARIA Y CONJUNTA DEL CONSEJO PROVINCIAL Y DEL CONCEJO MUNICIPAL DE CUENCA, en homenaje a
D. Juan Montalvo, realizada el 13 de Abril de 1932.

Con la concurrencia de los Srs. Miembros de la Corporación, los del I. Concejo Municipal de Cuenca y distinguidas personalidades, se instala la sesión a las diez de la mañana bajo la dirección del Sr. Dr. Remigio Crespo Toral, Presidente del Comité “13 de Abril”, en el paraninfo de la Universidad de Cuenca.
Actúa el Secretario del Consejo Provincial.
Después de haberse escuchado de pie y respetuosamente el Himno Nacional, se da lectura a los Acuerdos dictados por el Consejo Provincial y los Concejos Cantonales de Gualaceo, Girón, Paute y Gualaquiza en tributo de admiración al gran pensador don Juan Montalvo.
El correspondiente al I. Municipio de Cuenca, es leído por el Sr. Secretario de esa Corporación.
A continuación, el Sr. Dr. Remigio Romero León, Comisionado por los diversos Ayuntamientos de la Provincia, da lectura a los documentos relativos a la ofrenda para el sarcófago de Montalvo.
Por último, el Sr. Vicepresidente del Consejo Provincial del Azuay, Dr. Carlos Cueva Tamariz, dio lectura a un elocuente discurso sobre la vida y labor del insigne polemista ambateño, siendo estruendorasamente aplaudido por la numerosa y distinguida concurrencia.
Con lo que terminó el acto a las once y treinta minutos de la mañana. Para que quede constancia de esta solemne sesión, firman la presente acta el Sr. Presidente con el Secretario que certifica.


El Presidente El Secretario

Dr. Antonio A. Barzallo. Rafael Albornoz Cabanillas.

SEÑOR DON ALFONSO RIVERA MARCHAN

Author: Teodoro Albornoz /

Muy sentida ha sido por la sociedad azuaya la muerte del irreprochable caballero señor don Alfonso Rivera Marchán.

Con tan luctuoso motivo, creemos oportuno dar algunos datos biográficos respecto a tan distinguido ciudadano y a varios de sus mas cercanos antecesores.

Por los años de 1775 a 1785, viene a establecerse en la ciudad de Cuenca el señor don Juan de Rivera y Veintimilla, quien poco antes había contraído matrimonio en la villa de Ambato con una señora de apellido Nates. Nativo de España y dotado de excelentes cualidades, pronto don Juan se hace estimar en su nuevo lugar de residencia, al que luego se vincula mas estrechamente por los hijos que aquí le nacen, a tal punto que él—como otros españoles que, tras las luchas de la Independencia, adoptan la nacionalidad gran colombiana y después la ecuatoriana—en la iniciación de la República es nombrado Gobernador del Azuay en Agosto de 1831, desempeñando ese alto cargo hasta Septiembre del año siguiente.

Su hijo don Baltasar Rivera Nates nace en Cuenca por los años de 1790. este personaje es uno de los próceres de la Independencia de los que puede ufanarse Cuenca con mas legítimo orgullo, pues su brillante actuación militar en la gesta de la libertad americana le da derecho a ocupar puesto prominente. De él ha hecho breve semblanza su sobrino, el señor doctor don Gonzalo Córdova Rivera, ilustre azuayo que ocupó la Presidencia de la República, a quien pertenecen los párrafos que siguen:

“El Coronel Rivera, muy joven, tomó las armas en la titánica campaña de nuestra Emancipación, en calidad de Teniente de ejército; y por su clara razón, por su marcial continente y por la audacia con que cumplía las comisiones militares, pronto llegó a granjearse el aprecio de Bolívar y de Sucre.

“Hizo la campaña del Perú con el ejército colombiano, y los campos de Junín y Ayacucho allí le vieron, joven impetuoso, en medio de esa brillante constelación de guerreros esclarecidos, como La Mar, Córdoba, Silva y otros adalides, de quienes mereció también sus simpatías.

“En la sangrienta jornada de Miñarica se batió gallardamente por la causa de la Libertad. Vencido, se le presentó el mismo día al General Flores; y este magnánimo magistrado y guerrero, lo trató con indulgencia y lo dejó en libertad, a pesar de que el Coronel Rivera fue cuñado del Jefe Supremo de la revolución, don José Félix Valdivieso.

“Combatió asimismo, por la causa de Marzo en el Tablón de Machángara, el 4de Junio de 1845.

“Fue Gobernador de esta Provincia en 1852, y dejó el puesto por no contribuir a la expulsión de los Jesuitas.
“Por todos estos servicios mereció nuestro compatriota el grado de Coronel efectivo del ejército.”

El Coronel Rivera Nates ejerce la Gobernación de la Provincia del Azuay, en reemplazo del Coronel Gabriel Urvina, desde Septiembre de 1852 hasta el 8 de Enero de 1853, en que le sucede el doctor Francisco Dávila.

El señor doctor Alfonso María Borrero Moscoso, que llegó a conocer al Coronel don Baltasar Rivera y Nates, lo describe en estos términos: “Ha quedado impresa en nuestra memoria su estatura alta y esbelta, sus facciones nobles y aristocráticas y su gallarda figura de militar valiente y atrevido.”

El Coronel Rivera y Nates, casado con una distinguida dama de Loja—doña Jacoba Valdivieso, hija de don Fernando Valdivieso y Carrera y de doña Francisca de Valdivieso y hermana del notable estadista Don José Félix Valdivieso—murió en Cuenca el 24 de Febrero de 1889, cuando estaba cercano a cumplir los cien años de edad.

*
* *

Del enlace matrimonial del Coronel Don Baltasar Rivera y Nates con la señora doña Jacoba Valdivieso y Valdivieso, procede su hijo Don Benigno Rivera y Valdivieso, quien también sigue con todo lucimiento la carrera militar, hasta llegar a obtener grado igual al de su padre, estos es, el de Coronel de ejército.

Como Don Benigno Rivera Valdivieso cuenta con valiosas propiedades en la parroquia de Soria—el fundo del mismo nombre y los de Masar y Santo Tomás-, perteneciente entonces a la Provincia del Azuay, reside con bastante frecuencia en aquellos lugares, que, conociéndolos bien y sabiendo sus recursos naturales, cree que deben formar una nueva entidad territorial para su mayor y mas rápida prosperidad. Desde entonces, trabaja con todo entusiasmo para conseguir su propósito, poniendo en actividad no solo su influencia política y social, sino los medios económicos necesarios. Durante el gobierno del General Ignacio de Veintimilla logra ver convertidos en realidad sus anhelos al crearse la provincia de Cañar, señalándole como capital la ciudad de Azogues e integrándola con importantes territorios desmembrados del Azuay.

El cantón de Azogues, por medio de su I. Municipalidad ha rendido su tributo de admiración y gratitud para con el Coronel Don Benigno Rivera Valdivieso, dando su nombre a una de sus parroquias—precisamente a Soria, en la que estuvieron sus haciendas-, a una plaza y a una calle de la ciudad de Azogues y colocando su retrato en lugar de honor en el Salón Municipal.

El Coronel Rivera Valdivieso contrae matrimonio con la señora doña Ignacia Marchán García, nacida el 2 de Agosto de 1838 e hija del señor José Antonio Marchán y de doña María García Veintimilla.

* * *
Hijos del Coronel Benigno Rivera Valdivieso y de la señora Ignacia Marchán García, los señores Benigno y Alfonso Rivera Marchán contraen matrimonio en la ciudad de Azogues con las distinguidas señoras doña Griselda y doña Isolina Novillo Quevedo, respectivamente.

El señor don Alfonso Rivera Marchán habita por algunos años en Azogues consagrado a sus negocios particulares; pero luego resuelve trasladarse con su familia a su ciudad natal de Cuenca, en la que permanece hasta la muerte, ocurrida el 19 de Mayo de este año de 1960, a los ochenta y un años de edad.

Hijos de don Alfonso Rivera Marchán y de su esposa doña Isolina Novillo Quevedo son los prestantes miembros de nuestra sociedad: don Alfonso, casado con doña María Luisa Hermida; don Enrique, casado con doña Carmel Ugarte Córdova; doña María Luisa, casada con don Rafael Báez Donoso; y doña Guillermina, casada con don Gonzalo Polo Toral.

Estas líneas quieren ser el homenaje sencillo y respetuoso que consagro a la memoria del señor don ALFONSO RIVERA MARCHAN, cuyas dotes de afabilidad y cortesía hacínalo digno de su prosapia, de la que le venían, como la mejor herencia, la simpatía espiritual que irradiaba y el porte caballeroso, que en él traducíase en las excelencias de la bondad y del decoro en todos sus actos.

La sempiterna paz lo acompañe.

VICTOR MANUEL ALBORNOZ

Cuenca, 1960

SEÑOR DOCTOR DON LUIS ROBERTO CHACON RUMBEA

Author: Teodoro Albornoz /

Hoy cúmplanse cuarenta años de que este destacado ciudadano y notable profesional fue incorporado al Cuerpo Médico de la República, en el que ha seguido prestando sus servicios ceñido inflexiblemente al código del deber. En esta larga trayectoria, el doctor Chacón Rumbea ha puesto de manifiesto las dos cualidades principales que otorgan el triunfo al que, por medio de los adelantos de la ciencia, contribuye a la defensa biológica de la humanidad: el estudio y la abnegación.

Acaso en ningún ramo del saber es necesario el estudio constante, afanoso de la medicina en sus diferentes ramos, puesto que ella se renueva y mejora día a día con nuevas prácticas y sorprendentes descubrimientos, que el profesional tiene que seguirlos paso a paso para el logro completo de sus nobles propósitos. Para ello, pocos tan capacitados como el doctor Chacón Rumbea, que desde muy joven destacose por su amor a la ilustración y a todas las manifestaciones de la superación intelectual. Poeta y escritor, en su mente aletearon los ensueños e la belleza, para ofrecerle momentáneos oasis de delectación espiritual en las duras realidades de la vida, en la que siempre hay que procurar poner un girón de azul en el cielo tempestuoso de casi todos los días.

Y en cuanto a la abnegación, no puede concebirse sin ella a quien se dedica a la carrera médica, puesto que esta no es sino un tenaz apostolado de bien, un sacrificio cotidiano en beneficio de los demás, un salvamento del prójimo en el naufragio persistente en el mar de las enfermedades. Así lo ha demostrado el doctor Luis Roberto Chacón Rumbea en todo momento y en todo lugar: en las provincias del Azuay, de Manabí, de Cañar, en donde su benéfica acción la ha ejercido con ciencia y caridad. Hoy, ya en el atardecer de una existencia bien empleada, en el remanso de su conciencia de médico se reflejará una estrella de paz y serenidad, que será la que le haga justicia, la única justicia que ha esperado.

VICTOR MANUEL ALBORNOZ

Señor Doctor Francisco Ugarte

Author: Teodoro Albornoz /

La caballerosidad, la verdadera caballerosidad, se ha hecho prenda tan rara en esta época que mas parece haber quedado para la arqueología de la historia, como ejemplar de museo de una de las cualidades que mas dignifican al ser humano y que hoy tiende a desparecer ante el rudo empuje de los filisteos de la idea, de los bárbaros del espíritu, de los idólatras de la materia.

Ahora se intenta medir a los individuos con un solo resero, pero no en un nivel superior de cultura, sino a raz de ignorancias y mezquindades. Se quiere dar a todos estatura moral idéntica, pero se va dejando a los hombres en la igualdad denigrante del que ya no aspira a nada que esté por encima de su hueca cabeza, de su frente estéril de su pecho cundido por la zizaña.

Ya es ejemplar raro el del caballero, del caballero que jinetea al corcel encabritado de las pasiones para sujetarlas a su albedrío, para dirigirlas por los limpios caminos de la sana razón y para ennoblecerlas conduciéndolas a la meta en que se acrisolan las virtudes ciudadanas. Estos son los únicos que merecen recordación, porque su estatura se mide por la altitud de los sentimientos que albergan, porque, aunque lo nieguen los incapaces de comprenderla, siempre habrá la aristocracia de los corazones buenos y de las mentes luminosas.

A esta jerarquía de nobleza la sola verdadera, perteneció el doctor don FRANCISCO UGARTE, caballero en la amplitud de la palabra, de aquello que con fuerza de sus cualidades conviértense en prototipos de la caballerosidad sin mengua ni desmayos, pues que es la de los que cabalgan sobre su propia hombredad, que así les sirve de pedestal a su recia personalidad.

La delicadeza de sus maneras, la cortesanía de su trato, la amenidad de su conversación en que fluía el ingenio y la amplitud de sus conocimientos, le convertían en un elemento valioso de la sociedad, que imponía respeto y consideración.

Dijo Gracián que “el saber vivir es el verdadero saber”, y FRANCISCO UGARTE supo conseguir de la vida todo, lo que ésta da de bueno cuando se triunfa de ella. El amor le dio una esposa inmejorable, espejo de virtudes, y luego un hogar distinguidísimo en que los vástagos reproducen la excelencia de la cepa. El trabajo premió sus esfuerzos, proporcionándole comodidades que sirviéronle también para el mayor logro de las aspiraciones espirituales.

Condescendiente con el necesitado, generoso con todos, granjeábase simpatías que iban en aumento mientras mas se ahondara en la fontana apacible de su corazón, crucificado en la cruz bendita de la bondad.

En su juventud, tubo puños de hierro para aplastar al atrevido, al insolente, al deslenguado. Salió siempre en defensa del amigo; hizo respetar los fueros de la dama; y jamás se arredró ante nada y ante nadie cuando se trataba de batallar por su ideal. mantuvo esa reciedumbre de carácter hasta los días de su ancianidad, pese a enfermedades y angustia¸ floreció en su alma, con magnífico florecer, el santo rosal del civismo, que hubo de hundirle las espinas para enaltecerlo hasta el sacrificio cuando un día fatídico sus propiedades de la Provincia del Oro fueron saqueadas, destruida su rica biblioteca, su familia obligada a alejarse y él, el doctor Ugarte, conducido prisionero a tierras enemigas, en que supo demostrar la entereza de su ánimo y la manera de comportarse de un patriota ecuatoriano.

Su recuerdo vive y perdurará por largo tiempo, por el señorío que supo poner en todos los actos de su existencia. FRANCISCO UGARTE mantuvo inalterables los cuarteles de su hidalguía, en los que el oro de sus merecimientos realza la alta torre de su caballerosidad, a cuyas puertas están dos leones—el amor y la amistad—guardando leales su tranquilo sueño de eternidad.

VICTOR MANUEL ALBORNOZ

Cuenca, Julio de 1954.